
Esther Argibay llamó a varias amigas antes de bajar.
—Solo un paseo —dijo—. Media hora como mucho.
Hubo silencios al otro lado del teléfono. Excusas vagas. Risas nerviosas. La humedad. La quietud del lugar. Todas tenían la sensación de que no era el mejor lugar para torcerse un tobillo y que nadie te oyera.
A ella le hizo gracia. Siempre era igual. Era la que decía vamos, la que empujaba, la que no veía el problema hasta que ya estaba dentro. Amiga de sus amigos, aventurera, romántica, un poco alocada. De las que creen que caminar aclara la cabeza.
Colgó el móvil del cuello con una cinta fina. No para grabar nada especial. Solo quitar fotos del entorno. Detalles. Reflejos en el agua estanca. Maderas viejas. Juncos doblados como espaldas cansadas.
Las marismas estaban demasiado tranquilas.
El sendero de madera crujía bajo sus pies con un sonido seco, mecánico. Siempre el mismo. Paso tras paso. Pensó que eso era lo inquietante del lugar: avanzabas, pero el paisaje parecía no enterarse.
Hizo una foto. Luego otra. Poco después otra más.
Al revisar la galería frunció el ceño. En todas, el fondo parecía ligeramente desplazado. Torcido. Como si hubiera apuntado mal. Juraría que no. Se encogió de hombros y guardó el móvil.
Siguió caminando.
A mitad del recorrido lo sintió con una claridad incómoda: alguien estaba detrás. No una sensación difusa. Tampoco era su imaginación. Alguien a la distancia exacta que mantiene quien no quiere ser visto.
Se detuvo.
El crujido cesó.
Esperó.
Uno. Dos. Tres segundos demasiado largos.
El silencio era tan limpio que le pitaban los oídos. Se giró de golpe.
Nada.
Sonrió, forzada y murmuró:
—Ya empiezas…
Aceleró el paso. El aire estaba quieto, espeso. No había pájaros. No había viento. Solo sus pasos… y entonces otro crujido, desfasado, fuera de ritmo. Como si alguien hubiera pisado una fracción de segundo después.
Esta vez no se giró.
Sacó el móvil y fingió hacer una foto hacia delante, usando la pantalla negra como espejo. El sendero aparecía vacío. Limpio. Demasiado vacío. Ni huellas húmedas. Ni movimiento.
Siguió caminando sin mirar atrás.
Fue entonces cuando notó que el paisaje se repetía.
El mismo poste torcido. La misma tabla oscura con una grieta en forma de media luna. El mismo charco inmóvil.
Esther estaba segura de haber pasado por allí.
Se detuvo. Respiró hondo. Giró lentamente sobre sí misma. El sendero detrás era idéntico al de delante. Exactamente igual. Como si alguien hubiera copiado y pegado el lugar.
El móvil vibró contra su pecho.
Un mensaje.
¿Ya acabaste el paseo?
Al levantar el teléfono para responder, vio su propio reflejo en la pantalla… y algo se movió detrás de ella.
No era una figura. Tampoco parecía una silueta. Un desplazamiento. Como cuando alguien se aparta justo antes de que gires la cabeza.
Se dio la vuelta con el corazón golpeándole las costillas.
Nada.
Pero ya no dudaba. No estaba sola.
No corrió. Eso fue lo que la salvó. Caminó despacio, con una calma fingida, mientras su mente buscaba explicaciones: otro paseante, un pescador, una broma absurda.
Entonces lo oyó.
Una respiración. No venía de fuera. Venía a su ritmo.
Inspiraba cuando ella inspiraba. Exhalaba cuando ella exhalaba.
Esther se detuvo en seco y contuvo el aire.
Uno. Dos. Tres.
La respiración continuó.
Muy cerca.
No gritó. No se movió. Levantó el móvil despacio, apuntando hacia atrás sin girarse. Pulsó la pantalla.
El clic sonó demasiado fuerte.
Cuando revisó la foto, el miedo no la hizo gritar. Fue peor. Fue exacto.
No había nadie detrás.
Pero las tablas del sendero estaban hundidas.
Como si algo estuviera de pie, justo a un metro de su espalda.
Esther llegó a la salida sin mirar atrás. No volvió a sacar fotos. No volvió a escuchar pasos.
En el coche, las manos le temblaban tanto que necesitó dos intentos para abrir la puerta.
Esa noche, al revisar las imágenes con calma, vio algo que no había notado antes.
En la última foto, reflejada débilmente en la pantalla del móvil colgado en su pecho, su sonrisa no era la suya.
Desde entonces, Esther sigue paseando.
Sigue siendo aventurera.
Pero nunca baja sola a las Marismas de Alba.
Porque hay lugares donde no pasa nada.
Y eso es exactamente lo que más miedo da.
Si este relato te ha gustado, en esta página publico nuevas historias.
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