
La noche en A Lenda do Metal Fest estaba perfecta: calor espeso, cerveza fría y guitarras que parecían abrir grietas en el aire. Bárbara Conde y su grupo reían y se gritaban al oído sin escucharse, felices dentro del ruido.
Cuando acabó uno de los temas, sintió una urgencia incómoda, demasiado brusca para ser normal, la obligó a apartarse del grupo .
—¡Voy al baño! —gritó.
Nadie la oyó.
El pasillo hacia los aseos era un túnel de vallas. La música se fue transformando en vibración… luego en eco… y finalmente en un silencio imposible. Un festival nunca está sin música. Ese vacío sonoro la hizo dudar.
Llegó a los servicios químicos. Un par de chicas salían riendo. Entró en uno. Y entonces lo notó. Nada fuera. Ni voces. Ni pasos.
Solo su propia respiración golpeando el habitáculo.
Estaba terminando cuando un impacto suave sonó en la pared. Una palma apoyándose. Luego, un roce. Uñas arrastrándose.
—¿Hola…? —susurró.
Algo se movió bajo la puerta. Una sombra arrastrándose, demasiado baja para ser una persona en pie. Se quedó inmóvil. Ella apretó el pestillo con dedos temblorosos. Una respiración fría, pegada al plástico.
Un susurro que parecía entrar directamente en su oído:
—No salgas.
El corazón le reventó en el pecho.
—¿Quién eres? —balbuceó.
La voz respondió, como si conociera algo que ella no:
—Quédate. No te han visto todavía.
Algo se deslizó bajo la puerta. Un móvil con la pantalla rota.
A lo lejos, un grito real. Uno que no se confunde con diversión.
Luego pasos corriendo.
La sombra desapareció sin sonido alguno.
Esperó. Minutos que parecieron horas. Finalmente abrió. El pasillo estaba desocupado. Vacío de un modo antinatural, como si todos hubieran sido borrados. Recogió el teléfono y lo encendió. La última foto mostraba a una chica joven en el festival, sonriendo en el mismo corredor. Detrás de ella… una figura agachada, tan cerca de su cuello que parecía olerlo.
La siguiente instantánea era peor: una mano enorme tapándole la boca. Un rostro hundido detrás. Ojos demasiado abiertos.
El terminal vibró.
“No vuelvas con tus amigos. Ya saben que estás sola.”
Bárbara retrocedió.
Al final del pasadizo, una silueta muy baja, quieta la observaba.
Huyó hacia la música. La ola de sonido la golpeó como si hubiera atravesado un umbral distinto.
Encontró a su grupo.
—Tenemos que irnos ya —dijo, pálida.
En cuanto caminaron hacia la zona iluminada, algo le rozó la espalda.
—Está entre nosotros —susurró.
Las luces estroboscópicas parpadearon. Y allí estaba. A dos metros.
Un cuerpo inclinado como si no tuviera huesos. Cabeza ladeada, mirando entre las piernas de la gente, fijándose en ella. La luz se apagó. Se desvaneció.
Corrieron hacia la salida. Los móviles de todos se apagaron. Salvo el que ella llevaba. Apareció una nueva foto. Tomada segundos antes. Ella y su grupo… y en el borde del encuadre, la figura casi tocándola.
Mensaje:
“No corras. Nunca sirve.”
Ella lanzó lo lanzó al suelo.
Un aliento largo, húmedo, les sopló desde detrás. Se giraron.
Solo gente normal, bebiendo, riendo, ignorantes del filo invisible en el aire.
Pero sintió una certeza que la dejó helada:
eso la había elegido.
A metros de la salida, un susurro caliente le rozó la nuca:
—Te dije que no salieras.
Ella giró bruscamente.
Vio una mano pálida deslizarse entre la multitud. Luego, nada.
La pandilla cruzó la valla pero ella no.
—¿Dónde está? —preguntó alguien.
—Estaba justo detrás.
—Ha desaparecido…
En ese instante, algo cambió.
Un parpadeo. Un tirón en el estómago. Un vacío en el oído, como si el aire fuese absorbido. Estaba fuera. De pie. En el asfalto. Completamente sola.
Su grupo la buscaba dentro, confusos, llamándola. Ella no recordaba haber dado un solo paso. No recordaba cruzar la valla, ni como había salido. Solo sabía que el frío que la seguía… ya no estaba encima. Pero tampoco había desaparecido del todo.
Días después, una amiga del grupo recibió una foto impresa sin remitente.
Mostraba a Bárbara en el baño… y detrás de ella, muy agachada, la misma figura sin rostro. Pero esta vez, la mano apoyada en el suelo apuntaba hacia afuera, hacia la puerta del baño.
Como si no estuviera esperando entrar.
Como si estuviera asegurándose de que ella saliera.
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