
Atekyl llevaba muchos años trabajando en una perfumería del centro de Vilagarcía de Arousa.
Conocía a sus clientes como si los olfateara por dentro.
No necesitaba palabras: bastaba con ver cómo cruzaban la puerta para saber si necesitaban algo floral, cítrico o denso como la nostalgia.
Decían que tenía un don, pero ella prefería llamarlo costumbre.
Aquel martes, sin embargo, algo distinto flotaba en el aire.
El viento traía olor a algas podridas y humedad.
Faltaban diez minutos para cerrar cuando la campanilla sobre la puerta sonó con un timbre extraño, como si el metal estuviera helado.
Una mujer entró.
Alta, delgada, envuelta en un abrigo negro que parecía absorber la luz de los focos.
El cabello oscuro, el rostro tan pálido que casi parecía translúcido.
La dependienta sonrió por inercia.
—Buenas tardes —dijo—. ¿Puedo ayudarla?
La mujer se acercó al mostrador con pasos lentos.
Su voz, cuando habló, era baja y grave, como si viniera de otro lugar.
—Busco un perfume que ya no existe.
La dependienta alzó las cejas, intrigada.
—¿Recuerda el nombre?
—No tiene —susurró—. Pero recuerdo el aroma. Olor a tierra removida, a cera derretida, a algo que muere… pero no se va.
El corazón de la empleada dio un vuelco.
Jamás había oído una descripción así.
Movida por una mezcla de curiosidad y temor, se internó en el almacén.
Allí, en el estante más alto, entre cajas polvorientas, encontró un frasco que no recordaba haber visto nunca.
Era de cristal opaco, gris, con una etiqueta desvaída donde apenas se leía una palabra: “Retorno.”
Lo destapó.
Un olor denso, casi vivo, se deslizó por el aire: una mezcla de flores marchitas, madera húmeda y algo… humano.
—¿Este? —preguntó.
La mujer aspiró profundamente y sonrió.
—Sí.
—¿Está segura?
—Este olor me pertenece —dijo la desconocida, con una sonrisa apenas visible—. Lo reconocería aunque estuviera muerta.
La empleada retrocedió un paso.
—¿Cómo dice?
—Tú me lo vendiste —replicó la mujer con un tono casi dulce—. Dijiste que era “el aroma del alma”. Lo llevaba puesto cuando aquel coche me atropelló.
La campanilla de la puerta sonó sola, aunque nadie había entrado ni salido. Cuando volvió la vista, la extraña ya no estaba.
Solo quedaba el frasco, abierto, sobre el mostrador.
El aire olía a tumba recién abierta.
Esa noche, ella caminó a casa con el corazón aún golpeándole las costillas.
Intentaba convencerse de que había sido una broma, un mal sueño o una clienta desequilibrada.
Pero el olor seguía ahí, pegado a su piel, más fuerte cuanto más lo ignoraba.
Dejó el frasco sobre la mesa del salón y encendió el ordenador.
El zumbido del ventilador rompió el silencio.
Buscó en internet: “atropellos en Vilagarcía de Arousa”.
“Los resultados no tardaron en llenar la pantalla.
Entre ellos, una noticia de hacía diez años llamó su atención.”
“Muere una mujer tras ser atropellada frente al mar. Varios testigos mencionaron un olor persistente, una mezcla de tierra húmeda, cera y sal, que permaneció en el aire mucho después de que se llevaran el cuerpo. La víctima carecía de documentación y nunca fue identificada.”
Ella se inclinó hacia el monitor.
La foto del artículo le heló la sangre.
La mujer de la perfumería la miraba desde allí.
Exactamente igual, sin que un día hubiera pasado por ella.
Sintió un nudo en el estómago.
Quizá era un error, un parecido, una coincidencia.
Atekil soltó el teclado.
Sintió que algo respiraba detrás de ella.
Se giró.
Nada.
Solo el reflejo pálido de su rostro en la ventana.
Cuando volvió a mirar la pantalla, algo había cambiado.
El artículo seguía abierto, pero el cursor parpadeaba al final de la página, como si esperara.
Debajo de la foto, donde antes terminaba el texto, había aparecido una nueva línea, escrita con otra tipografía:
“¿Por qué me diste el perfume?”
Se quedó inmóvil.
Pensó que era un anuncio, un virus, un truco.
Movió el ratón: no respondió.
Borró la frase con manos temblorosas.
Durante un segundo, todo volvió a la normalidad.
Y entonces, palabra a palabra, el texto reapareció, sin que ella tocara nada:
“¿Por qué?¿Por qué?¿Por qué?¿Por qué?¿Por qué?¿Por qué?”
El aire del salón se enfrió de golpe, como si alguien hubiera abierto una ventana invisible.
El frasco de perfume vibró sobre la mesa y el tapón rodó al suelo.
Un olor espeso emergió del vidrio: flores podridas, metal, humedad.
La pantalla del ordenador se oscureció poco a poco, reflejando su rostro pálido.
Pero detrás de ella —en el reflejo— había otro rostro, sonriendo.
El monitor se apagó del todo.
Y en el silencio, muy leve, se oyó la campanilla de la perfumería.
Solo que esta vez… venía desde dentro de la casa.
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