A Cofradía

En el corazón de Vilanova de Arousa, entre el rumor del mar y las calles empedradas que huelen a sal, se encuentra A Cofradía, una taberna cultural conocida por su ambiente cálido, las risas, el vino derramado entre amigos y la música que cada noche llenaba el aire como un conjuro.

Los camareros son tan atentos que muchos dicen que el alma del local es humana, casi viva. Pero hay algo más… algo que respira entre las notas.

Todo comenzó una noche de otoño, cuando el último cliente se marchó y las luces se apagaron. Víctor, camarero del local, fue el último en cerrar. Mientras pasaba el trapo por la barra, oyó un leve rasgueo de guitarra.

Pensó que sería el viento colándose por la rendija de la puerta… hasta que una segunda cuerda vibró. Y una tercera. Después, el órgano, que llevaba semanas desconectado, comenzó a tocar un blues soul lento y fúnebre, aunque no había nadie sentado en el taburete.

Se quedó paralizado. Juraría que vio, reflejados en la cristalera, unos dedos casi invisibles deslizándose por las cuerdas y unas sombras temblorosas que bailaban al compás sobre el escenario vacío.

Cuando se giró, no había nada. Solo el eco de una nota sostenida, como un suspiro.

Al día siguiente, los vecinos comentaban que durante la madrugada se escuchaba música saliendo del local cerrado. Algunos decían que era tan hermosa como triste, como si alguien tocase para un público que ya no existía.

Pero nadie se atrevía a acercarse demasiado.

Con los días, la cosa empeoró.

Pedro, el encargado, como si de una noche cualquiera se tratase, decidió quedarse para averiguar qué ocurría. Puso una cámara sobre el escenario y esperó tras la barra con una cerveza helada en sus manos. El reloj marcaba las tres y cuarto y las luces temblaron. Las cuerdas del contrabajo se tensaron solas y los instrumentos comenzaron a tocar una melodía que no pertenecía a nadie.

En la pantalla, silbidos de humo blanco formando figuras humanas. Rostros borrosos, como hechos de niebla, se balanceaban al ritmo de una canción antigua: la misma que una vez tocó un grupo local que había desaparecido años atrás… en un trágico accidente de carretera, justo después de su última actuación en A Cofradía.

Desde entonces, nadie se atreve a quedarse dentro cuando el reloj marca las tres y cuarto . La música vuelve, suave primero, después frenética, como si las almas olvidadas de aquellos músicos siguieran tocando por obligación, prisioneros de sus propios instrumentos.

Los camareros aseguran que cuando limpian al cierre, pueden oler perfume viejo y sentir un roce en la nuca, como si alguien pasara detrás de ellos. Y en la cristalera del local, si miras bien cuando cae la noche, verás los reflejos de una banda que ya no está, tocando para una audiencia invisible.

Si te atreves a entrar cuando las luces se apagan, escucharás una voz al oído susurrar:

—No te vayas todavía… aún falta la última canción.

Manuel Losada

Sigue leyendo
👉 Samaín

Más relatos recomendados:
El perfume que regresa
Reflejo

1 comentario

Los comentarios están cerrados.