
Perla Duro vivía en Vilagarcía de Arousa, frente al mar. Su piso tenía un ventanal enorme que daba a la playa; a veces, cuando no podía dormir, se sentaba frente a él solo para escuchar el murmullo de las olas. Esa noche el aire estaba pesado y el resplandor de la luna se derramaba sobre el agua como un hilo de plata temblorosa.
Cerca de las dos de la madrugada, se levantó de la cama. No podía conciliar el sueño; sentía una ansiedad difusa, como si algo la vigilara desde la oscuridad. Caminó hasta el ventanal y abrió las cortinas. El mar se movía lento, respirando con calma.
Decidió abrir un poco la ventana: el olor de la costa le resultaba tranquilizador.
Apoyó los codos en el alféizar y miró hacia la orilla. Fue entonces cuando la vio.
Una chica joven, apenas una silueta blanca bajo la luna, de pie en la arena mojada, mirando hacia arriba. Directamente hacia ella. Estaba inmóvil.
El agua le llegaba hasta los tobillos y su cabello empapado sobre sus hombros.
Perla pensó que quizás era una bañista que había salido tarde del mar, pero había algo extraño: la joven no se movía, ni siquiera pestañeaba.
Miró hacia los costados del paseo: no había nadie. La playa estaba vacía, sin una sola huella visible. Volvió la vista hacia la orilla. Ella seguía allí. Igual de quieta.
Sintió un escalofrío que no supo explicar. Se obligó a apartarse del ventanal, fue a la cocina por un vaso de agua. Apenas pasaron unos segundos. Cuando volvió a mirar… la muchacha ya no estaba.
Una sensación de vacío le apretó el pecho. Miró el mar: la superficie se había vuelto lisa, como un espejo negro. No se escuchaba el sonido de las olas.
Solo silencio. Un mutismo tan profundo que ella podía oír el tictac del reloj del pasillo, cada segundo cayendo como una gota.
Entonces algo golpeó el cristal. Un golpe seco, húmedo. Dio un salto, el vaso se le cayó de las manos y se hizo añicos en el suelo. Se acercó al ventanal con el corazón desbocado… y la vio otra vez.
La chica estaba más cerca.
Ya no en el agua, sino sobre la arena seca, empapada, los brazos colgando, los ojos fijos en ella. A la luz de la luna su piel parecía gris y del borde de su vestido goteaba agua oscura que caía en silencio sobre la arena.
Retrocedió sin apartar la mirada. Su mente buscaba explicaciones: tal vez alguien haciendo una broma, una ilusión óptica… Parpadeó. Y la chica había desaparecido.
El silencio volvió. Solo el sonido del viento entrando por la ventana abierta.
Entonces, lo sintió: una corriente de aire helado recorrió la habitación, trayendo un olor a mar podrido. Cerró la ventana con prisa. Se quedó inmovil, tratando de escuchar algo. Fue entonces cuando oyó el primer chapoteo.
No venía del mar. Venía del interior de su piso. Giró lentamente la cabeza hacia el pasillo. En el suelo había un rastro: pequeñas gotas que relucían bajo la luz, formando un sendero húmedo que conducía desde la puerta del balcón hacia dentro. Su respiración se volvió un jadeo entrecortado.
—¿Hola…? —susurró, apenas audible.
No hubo respuesta. Solo el goteo. Uno. Dos. Tres. Cada gota sonaba más cerca.
Perla avanzó con cuidado, descalza, siguiendo el rastro de agua hasta la sala. La oscuridad era densa, casi viva. Entonces algo se reflejó en la ventana: una figura de pie detrás de ella.
Empapada. Pálida. Con el cabello colgando como algas muertas. Se dio la vuelta con un grito ahogado. No había nadie.
Pero el olor a sal y a podredumbre era insoportable. En el suelo, donde antes estaba seco, se formaban charcos.
Desde el pasillo llegó un susurro bajo, áspero, imposible de ubicar:
—Tú me miraste primero.
Las luces parpadearon. El mar fuera rugió, como si algo gigantesco se agitara en sus profundidades. La mujer retrocedió hasta chocar con la pared, con la vista fija en la oscuridad del pasillo.
Y entonces lo entendió. El reflejo que veía no era el suyo. Era la chica, mirándola desde dentro de su casa, con los ojos hundidos y un hilo de agua cayéndole por la boca abierta.
El vidrio estalló.
A la mañana siguiente, los vecinos vieron la puerta abierta y encontraron la ventana rota. El piso estaba cubierto de agua salada. Nadie supo explicar por qué había agua de mar allí. Una vecina miró hacia la playa y se fijó en algo extraño. En la arena, justo debajo de la vivienda, había dos hileras de huellas: unas que venían desde el mar… y otras que se dirigían hacia él.
Manuel Losada
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