
La noche bajaba sobre la Illa de Arousa con la lentitud de la marea.
El faro de Punta Cabalo giraba despacio, mojando la piedra con su luz blanca.
Abajo, el restaurante se aferraba a la roca como un barco varado, su chimenea echando un hilo de humo que olía a leña y a sal.
Luis y Ricardo llegaron con el viento detrás, bufandas empapadas, la risa fácil. Habían reservado para celebrar los últimos triunfos del actor, brindar con vino blanco por los proyectos nuevos.
El camarero los guió hasta una mesa junto a la ventana, donde el cristal temblaba con cada golpe de ola.
El comedor era pequeño y cálido.
Las paredes, de piedra húmeda, conservaban grietas antiguas que parecían mapas. Sobre la barra, una lámpara de cobre lanzaba reflejos al techo y en la esquina más oscura, se escuchaba el crujido del mar contra esas rocas que el tiempo convirtió en esculturas.
Trajeron la mariscada: percebes que sangraban yodo, almejas recién abiertas, navajas chispeando vapor.
El albariño helado brillaba en las copas como un trozo de luna.
Ricardo reía. Su compañero también, pero su mirada se perdía a ratos en el ventanal.
Allí fuera, en la penumbra, juraría haber visto algo moverse entre las rocas.
No una sombra: un hombre, quizá, de pie junto al faro, mirándolos.
—¿Lo ves? —preguntó.
—¿A quién? —respondió.
—Nada… el reflejo.
La linterna del faro giró, lenta y el destello atravesó el cristal como una cuchilla. Por un instante, el comedor se llenó de rostros: decenas, pálidos, silenciosos, como si la luz los hubiera convocado desde otro tiempo.
Cuando el haz volvió a moverse, solo quedaban ellos dos y el camarero, que se hacía el distraído limpiando una copa.
El aire cambió. El rumor del mar parecía venir ahora desde dentro del edificio.
Luis notó humedad en la mesa: no era vino, era agua salada.
Una gota cayó del techo, luego otra.
Su acompañante seguía hablando, sin notarlo.
El faro se detuvo. Su luz, inmóvil, apuntaba directamente hacia ellos.
Y en el silencio, se escuchó algo, como un suspiro contenido.
El camarero se acercó, dejó la cuenta sobre el mantel y dijo con voz baja:
—A veces, el faro se para para escuchar.
Ninguno respondió.
En la nota, escrita a lápiz bajo los números, una frase:
“El faro recuerda a los que se marchan.”
Pagaron la cuenta y se levantaron sin hablar. Afuera, la niebla había bajado hasta tocar el suelo. Caminaron por la terraza.
Las rocas parecían respirar.
Luis miró atrás: a través del ventanal vio dos figuras sentadas en su mesa, inmóviles, reflejadas por la linterna.
Parecían ellos mismos.
—Ricardo —dijo, apenas un hilo de voz—, ¿sigues viendo el mar?
—Sí —contestó él—. Pero creo que el mar también nos ve.
El faro giró una última vez, lanzando su luz sobre la ría. Durante un instante, todo pareció detenerse: el agua, el viento, el pulso. Luego, la linterna volvió a moverse y el mundo siguió girando.
Esa noche nadie más cenó allí.
Pero dicen los pescadores que, a veces, cuando la marea sube y el viento viene del oeste, se oyen risas y el tintinear de copas dentro del faro, aunque esté cerrado.
Porque el faro no alumbra: recuerda.
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