
Lorena vivía sola en un piso pequeño de Bouzas, con vista al puerto. Era enfermera de urgencias y conocía bien el cuerpo humano: músculos, reflejos, parálisis del sueño. Sabía que esa sensación de no poder moverse, de sentir un peso en el pecho, era solo el cerebro engañado. Lo había leído mil veces. Incluso esa misma tarde había leído un artículo que explicaba todo con lógica médica.
Esa noche, el viento trajo olor a hierro. A medianoche, un barco tocó sirena en la ría. Se dio vuelta en la cama, exhausta. Y entonces sintió el hundimiento.
El colchón se dobló bajo algo que se sentaba despacio, con cuidado.
Ella abrió los ojos. No podía mover ni un músculo.
Sabía lo que era. Se repitió, mentalmente:
“Es la parálisis del sueño. Simplemente eso.”
Pero el aire en su garganta no pasaba. Algo pesaba justo en su pecho.
Un peso húmedo, tibio.
Respiraba sobre ella.
No —a través de ella.
El silencio tenía un sonido: el crujido de carne madura estirándose.
Intentó mirar con el rabillo del ojo. La oscuridad se movía. No era una sombra: era una forma. Flaca, retorcida, con la piel pegada como ropa mojada. Tenía las manos clavadas en su pecho, como si buscara abrirle las costillas.
Quiso gritar, pero lo único que salió fue un siseo y aquello se detuvo.
Le acercó la cara.
El olor era inconfundible: humedad rancia y formol.
Los dientes, cuando habló, sonaron como huesos golpeando vidrio.
—No me despertéis… cuando me acuesto.
La frase no salió de su boca. Salió de dentro del pecho de Lorena.
El peso se movió. No caminó, sino que se deslizó hacia arriba, hasta que su rostro quedó justo encima del suyo. Tenía los ojos cerrados, como si durmiera, pero por las comisuras se escapaba un hilo de agua negra.
Podía sentir su respiración entrar por su boca, fría, como aire de morgue. Intentó mover la mano. No pudo. Pero sintió que otra mano, más pequeña, sí se movía dentro de la sábana.
No era la suya.
El peso aumentó.
La cama gimió.
Su pecho crujió como una puerta vieja.
Entonces oyó el mar. No el de siempre, no el que golpea las rocas: era un rumor de agua dentro del cuarto, como si la marea subiera bajo el suelo.
Y entre el agua, una voz, lejana:
—Devuélveme lo que respiraste.
Lorena recordó algo que había oído a una anciana en el hospital:
“A veces, cuando alguien muere sin despedirse, busca un cuerpo caliente donde quedarse. Si se te sienta encima, no abras los ojos, o verá que respiras mejor que él.”
Pero ella ya los tenía abiertos.
El peso se dobló, se pegó a su piel y algo comenzó a entrar por su boca. No era aire. Era líquido, pesado, frío. Intentó tragar, pero lo que tragaba era mar.
Sus pulmones se llenaron de sal. Su vista se nubló.
Y entonces, por fin, se movió: un espasmo violento, una liberación súbita.
El peso se levantó.
El cuarto estaba vacío.
Respiraba entrecortado. Tosió agua.
El reloj marcaba las 2:10.
Fue al baño tambaleando, encendió la luz. Tenía el pecho morado, con huellas de dedos marcadas. Dejó correr el agua del grifo.
Y ahí lo vio, en el espejo: alguien detrás de ella, empapado, inmóvil, mirándola sin ojos.
El agua del lavabo gorgoteó.
Del desagüe salió un suspiro largo y una frase que olía a óxido:
—Ahora respiras por mí.
Lorena cayó al suelo, intentando gritar. Pero solo vomitó burbujas.
Cuando sus vecinos la encontraron por la mañana, el cuerpo estaba rígido, con el pecho hundido, los ojos abiertos y un hilo de agua salada que le corría por la mejilla.
El informe médico dijo asfixia en posición supina.
Nada más.
Pero desde entonces, en Bouzas y en algunos lugares de Vigo, hay quien jura que, al dormir, si de pronto siente un peso suave, húmedo, tibio, no se mueve.
Porque no es parálisis del sueño.
Es que esa noche te ha tocado turno de respirar por otro.
Y si lo dudas…
Escucha bien antes de dormir:
si el mar suena dentro de tu casa, ya no es el mar.
Manuel Losada
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