
La lluvia caía persistente sobre Pontecesures, tiñendo las calles de un gris melancólico.
Marta, empapada bajo su paraguas roto, buscaba un refugio cuando un toldo claro llamó su atención. En letras oscuras se leía:
TELE BAR.
Empujó la puerta de madera y entró.
Un aroma a café recién molido y madera vieja le envolvió al instante. El lugar tenía algo acogedor: lámparas de luz cálida, plantas colgando en estanterías, un murmullo de música suave.
Se sacudió las gotas de agua de la chaqueta y tomó asiento en una mesa junto a la ventana.
—Buenas tardes —la saludó un camarero risueño, de semblante amable—. ¿Qué le apetece?
—Un café con leche, por favor —respondió ella, aún temblando un poco de frío.
Mientras esperaba, su mirada recorrió la sala…
Y entonces lo vio.
En la mesa del fondo, junto a la ventana, estaba su hermano Daniel. El mismo gesto tranquilo, la misma chaqueta marrón que siempre llevaba. La misma forma de mover las manos cuando hojeaba un libro.
Marta se quedó paralizada.
—No puede ser… —susurró.
Su hermano había muerto hacía cinco años, en un accidente de coche.
El camarero volvió con la taza humeante.
—Aquí tiene. ¿Se encuentra bien?
Ella apenas pudo responder, señalando con la mano hacia la mesa del fondo.
—Mi hermano… ahí…
El camarero frunció el ceño, giró la cabeza y luego la volvió hacia ella con suavidad.
—Señora… esa mesa está vacía.
Marta tragó saliva.
La silla parecía, en efecto, desocupada.
Pero cuando volvió a mirar, allí estaba él otra vez, sonriéndole como en los viejos tiempos.
Se levantó lentamente y caminó hacia él. Sus pasos resonaban en el suelo, como si todo el bar se hubiera quedado en silencio.
Daniel alzó la vista del libro y habló con voz clara, inconfundible:
—Sabía que un día vendrías aquí. Este sitio tiene la costumbre de reunir a quienes aún tienen algo que decirse.
Marta sintió un nudo en la garganta.
—Te he echado tanto de menos…
Él cerró el libro con calma y la miró con ternura.
—No estoy para quedarme. Solo para recordarte que sigas adelante. Y que este café… siempre te traerá de vuelta a lo importante.
Marta intentó tocar su mano, pero en ese instante el camarero apareció a su lado con una bandeja.
—¿Todo bien? —preguntó con naturalidad.
Ella giró la cabeza hacia su hermano…
Y la silla estaba vacía.
Solo quedaba el libro sobre la mesa.
Lo tomó con manos temblorosas. En la primera página, escrita a mano con tinta azul, leyó una sola frase:
“Nos veremos siempre en el Tele Bar”.
Cuando salió del local, la lluvia había cesado. Marta caminó despacio, con el libro bajo el brazo y una paz inesperada en el corazón.
Desde la terraza, el toldo se movió con el viento, como si alguien la despidiera.
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