Habitación para dos

Susana llevaba años viajando a la Illa de Arousa.

Desde Gijón el trayecto era largo, pero nunca le pesaba. Había algo en la isla —en su luz plana, en el olor a sal atrapado entre las casas, en el modo en que el mar parecía observar— que la calmaba como ningún otro lugar.

Decía que allí el tiempo no avanzaba igual.
Que se quedaba suspendido, respirando despacio.

Por eso, cuando propuso el viaje, no le sorprendió que su hermana aceptara sin pensarlo.

—Unos días junto al mar nos vendrán bien —dijo ella.

Llegaron al atardecer.

La carretera final, estrecha y húmeda, parecía deslizarse hacia el agua. El hostal estaba cerca del puerto, un edificio antiguo con balcones de hierro y una recepción demasiado silenciosa.

No había música.
Ni televisión.
Ni voces.

El hombre que les dio la llave apenas levantó la vista.

—Habitación doce —murmuró—. Si salen de noche, no se acerquen a las rocas.

No explicó por qué.

La habitación olía a madera vieja y salitre. Desde la ventana se veía el mar oscuro, inmóvil, como una extensión negra sin reflejos. Susana dejó la mochila en el suelo y respiró hondo.

—Siempre huele igual —dijo—. Como si la isla no quisiera olvidar nada.

Su hermana no respondió. Estaba de espaldas, mirando el mar.

Esa noche cenaron poco. Afuera, la marea subía despacio. Las farolas del puerto dibujaban líneas largas sobre el agua, pero entre ellas había zonas donde la luz no entraba.

Zonas densas.

—¿Has oído eso? —preguntó Susana.

—Es el mar —respondió su hermana—. Aquí siempre suena distinto.

A medianoche, salieron a caminar.

La isla estaba casi vacía. Las calles, húmedas, devolvían el eco de sus pasos con un retraso extraño, como si alguien caminara detrás. Susana se giró varias veces, convencida de haber oído una respiración ajena.

—No mires tanto —le dijeron—. No pasa nada.

Al llegar al paseo marítimo, el viento se volvió más frío. Las rocas brillaban como si estuvieran cubiertas de aceite. El mar golpeaba con un ritmo irregular, arrastrado.

—No me gusta este sitio de noche —susurró Susana.

—Nunca te ha gustado —respondió su hermana—. Y aun así siempre vuelves.

El comentario le incomodó.

No supo por qué.

Algo llamó su atención en la orilla.

No era una figura clara. Era más bien un cambio en la superficie del agua. Un punto donde el mar parecía hundirse hacia dentro, como si respirara al revés.

—¿Lo ves? —preguntó.

—Claro que lo veo.

El agua avanzó un poco más.

—Vámonos —dijo Susana.

No obtuvo respuesta.

Al girarse, vio que su hermana estaba más cerca de la orilla de lo que recordaba. Demasiado cerca. El agua le rozaba los tobillos.

—Sal de ahí —ordenó—. Ahora.

Entonces ocurrió.

Algo se movió bajo la superficie. No un animal. No una ola.

Algo lento.
Decidido.

El agua se alzó un segundo… y tiró.

Susana corrió, agarró su brazo, notó el frío atravesándole la piel. El tirón fue fuerte, como si varias manos tiraran a la vez. Su hermana no gritó.

No se debatió.

Solo la miró.

—Siempre has llegado tarde —dijo con una calma imposible—. No esta vez.

Susana perdió el equilibrio y cayó de rodillas.

Cuando levantó la cabeza, la orilla estaba vacía.

El mar seguía allí.

Respirando.

La policía llegó al amanecer. Preguntas. Linternas. Miradas largas hacia el agua. Nadie encontró nada.

Nadie pareció sorprendido del todo.

En el hostal, al hacer la salida, el recepcionista le devolvió el DNI.

—Viajaba sola —dijo, sin mirarla—. Como siempre. Aquí consta así.

Susana abrió la boca para protestar. Para corregirlo.

No lo hizo.

En el coche, antes de arrancar, revisó su móvil. Fotos del viaje. La carretera. El puerto. La habitación.

En ninguna aparecía su hermana.

Ni en una sola.

Esa noche, ya en Gijón, despertó sobresaltada con el sonido del mar golpeando algo muy cerca.

Demasiado cerca.

Se incorporó jadeando.

El suelo del dormitorio estaba mojado.

Huellas de pies descalzos avanzaban desde la puerta hasta el lado de la cama.

Y en su oído, una voz conocida, suave, arrastrada, le susurró:

—La isla no devuelve lo que nunca se fue.

Desde entonces, Susana sigue viajando a la Illa de Arousa.

Siempre sola.

Y cada vez que la marea sube, deja algo en la orilla.

Porque hay presencias que no acompañan.

Solo esperan.

Manuel Losada

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