
Pili Reboiras siempre había odiado las muñecas.
No era un miedo infantil.
No era una aversión pasajera.
Era una repulsión visceral.
Un nudo helado que se le formaba en el estómago cada vez que sus ojos se cruzaban con una de aquellas réplicas inertes de la vida.
Había conseguido desterrarlas por completo de su existencia.
O eso creía.
La herencia de su tía abuela fue una sorpresa.
Un piso antiguo en el corazón de un pueblo de Vilagarcía.
De esos con más geranios en los balcones que habitantes en las calles.
Ella lo recordaba vagamente de su niñez.
Un lugar anclado en un tiempo de mantillas y rosarios.
Impregnado del olor a cera y a membrillo.
Y también recordaba a su tía…
una mujer tan seca y tiesa como las flores que prensaba entre las páginas de sus libros de oraciones.
El piso estaba tal y como lo recordaba.
Un mausoleo de muebles oscuros y fotografías viradas a sepia.
Pero en el centro del salón, sobre una mecedora de mimbre, había algo nuevo.
Una muñeca de porcelana.
De tamaño casi real.
Era una visión grotesca.
El vestido de encaje amarillento.
Las mejillas sonrosadas con una intensidad febril.
Y los ojos de cristal.
De un azul tan profundo que parecían dos pozos sin fondo.
Su cabello, de un rubio sintético y perfecto, caía en tirabuzones sobre sus hombros.
Pero lo más inquietante era su sonrisa.
Una mueca fija.
Pintada.
Como si supiera más de lo que una muñeca debería.
Pili sintió la bilis subir por su garganta.
Su primer impulso fue destrozarla.
Hacerla añicos contra el suelo de baldosas hidráulicas.
Pero algo la detuvo.
Una extraña sensación de estar siendo observada.
No solo por los retratos de sus antepasados…
sino por la propia muñeca.
Con un escalofrío, la cogió con la punta de los dedos.
Y la encerró en el baúl más grande que encontró en la despensa.
Un ataúd de madera y cuero que olía a naftalina…
y a tiempo estancado.
Las primeras noches fueron un suplicio.
El silencio de la ciudad era tan denso que podía oír el latido de su propio corazón.
Un tambor desbocado en la oscuridad.
Se despertaba sobresaltada.
Con la sensación de que unos pasos sigilosos se habían detenido justo al otro lado de su puerta.
Al principio lo achacó a la sugestión.
Al ambiente opresivo de la casa.
Pero a la tercera noche lo oyó.
Un susurro.
Débil.
Casi imperceptible.
Como el roce de la seda contra la madera.
Provenía de la despensa.
Intentó convencerse de que eran las termitas.
El viento colándose por alguna teja rota.
Pero el sonido se repitió.
A la noche siguiente.
Y a la otra.
Y cada vez era un poco más claro.
Más cercano.
Ya no era un susurro.
Era una palabra.
Una voz que helaba la sangre en sus venas.
—Mamá.
El terror se apoderó de ella.
Se acercó a la habitación con el corazón martilleándole en las sienes.
Y abrió el baúl.
La muñeca estaba allí.
Exactamente como la había dejado.
Su sonrisa pintada parecía ahora una burla.
La cogió.
Bajó corriendo las escaleras.
Y la arrojó al contenedor de basura de la calle.
Mientras volvía a casa, con la respiración entrecortada, no pudo evitar mirar atrás.
Le pareció ver, por un instante…
que la tapa del contenedor se movía.
Esa noche, el silencio fue diferente.
Era un sigilo expectante.
Cargado de una tensión insoportable.
Pili no durmió.
Se sentó en el salón, con todas las luces encendidas.
Abrazando sus rodillas contra el pecho.
Justo cuando el primer rayo de sol se filtraba por las rendijas de las persianas…
sonó el timbre.
Un sonido estridente que la hizo saltar.
Con el pulso desbocado, se acercó a la puerta y miró por la mirilla.
En el umbral, de pie, estaba la muñeca.
Su vestido de encaje estaba manchado de restos de basura.
Una hoja de lechuga marchita prendida en su cabello rubio.
Pero sus ojos de cristal la miraban fijamente.
Y su sonrisa…
ahora parecía más amplia.
Más triunfante.
Pili retrocedió, ahogando un grito.
Tropezó y cayó al suelo.
Se arrastró hacia atrás, lejos de la puerta.
El timbre volvió a sonar.
Una y otra vez.
Con una insistencia demencial.
Luego, silencio.
Y entonces…
el sonido más aterrador de todos.
El débil chirrido de la puerta de la despensa.
Abriéndose lentamente.
En el piso de arriba.
No tuvo que mirar.
Sabía lo que encontraría.
Otra muñeca, idéntica a la primera, sentada en la mecedora de mimbre.
Y otra en la cocina.
Y otra en el baño.
Réplicas exactas.
Todas con la misma sonrisa pintada.
Y los mismos ojos vacíos.
Observándola desde cada rincón de la casa.
La voz ya no era un susurro.
Era un coro de voces infantiles.
Agudas.
Penetrantes.
Resonando por toda la casa.
Penetrando su cráneo.
—Mamá… mamá… ¿por qué nos abandonaste?
Pili se acurrucó en un rincón.
Con las manos tapando sus oídos.
Meciéndose adelante y atrás.
Con la mirada perdida en el vacío.
Las muñecas comenzaron a moverse.
No de forma brusca.
Sino con una lentitud antinatural.
Arrastrando sus pies de porcelana por el suelo de baldosas.
Se acercaban a ella.
Rodeándola.
Sus sonrisas fijas eran lo último que veía…
mientras la suya propia se quebraba en un rictus de puro terror.
Un eco silencioso en la casa…
que ya nunca más estaría vacía.
Los vecinos, al día siguiente, solo encontrarían una nueva muñeca en la colección de la tía abuela.
Una con los ojos desorbitados por el pánico.
Y una sonrisa pintada, idéntica a las demás…
en un rostro que una vez perteneció a alguien.
Sigue leyendo
👉Reflejo en la ría
Más relatos recomendados:
El último en salir
San Amaro no está en el mapa