Reflejo en la ría

Elena Modino siempre había sentido una conexión especial con la playa de As Sinas.

No era una playa turística.

Ni animada.

Pero eso la hacía perfecta.

Allí podía caminar en silencio con sus perros, hablar sola, recoger piedras de distintos colores y respirar con calma.

Iba cada tarde.

A la misma hora.

Sabía que cuando el sol se escondía tras la ría, el agua se volvía como un espejo oscuro.

A veces, incluso pensaba que el mar la escuchaba.

Pero ese verano…

algo empezó a cambiar.

Todo comenzó con una sombra que no era suya.

Mientras caminaba al borde del agua, notó que su reflejo se distorsionaba.

Parecía más alto.

Más delgado…

y con el pelo largo.

Pensó que era una ilusión del sol poniente.

Hasta que una noche, al mirar hacia su silueta en el agua, vio claramente a otra mujer caminando junto a ella.

Y no había nadie.

Al día siguiente, Elena volvió con sus tres perros.

Al pasar por una zona rocosa, uno de ellos se quedó clavado en seco, mirando hacia una caseta de pescadores abandonada.

La barraca llevaba décadas vacía.

Era una estructura blanca, agrietada, con los cristales rotos y una red colgando del tejado como una telaraña marina.

Los tres perros se negaban a acercarse.

Ella se forzó a mirar.

Y detrás de uno de los cristales…

una cara.

Pálida.

Inmóvil.

Con los ojos negros como la ría de noche.

Solo un segundo.

Luego, nada.

Creyó haberlo imaginado.

Pero al llegar a casa, se dio cuenta de que sus perros no paraban de temblar.

Ni siquiera comían.

Y en el cuello de uno, había un pequeño corte en forma de media luna.

Como hecho con una uña.

Esa noche soñó con el lugar.

Ella abría la puerta…

y dentro no había muebles, ni paredes.

Solo mar.

Agua salada hasta la cintura.

Y una mujer flotando boca arriba, con los brazos abiertos, mirándola con una expresión vacía.

Despertó empapada.

Y al mover las sábanas notó que olían a algas.

Volvió a la playa, decidida a entender qué ocurría.

Buscó información en internet y descubrió que en 1978 una joven desapareció en esa misma zona.

Se llamaba Marisa.

Tenía 21 años.

Y solía nadar al atardecer.

Algunos decían que se ahogó.

Otros, que se fugó con un marinero.

Pero nunca apareció su cuerpo.

Lo más raro era que su casa estaba justo donde ahora se alzaba la construcción abandonada.

Volvió al lugar con una linterna.

Entró en la caseta por primera vez.

Y el olor a mar podrido casi la hace desmayarse.

Había fotos clavadas a la pared con alambres oxidados.

Imágenes antiguas.

En blanco y negro.

En todas aparecía una figura al fondo del mar, apenas visible.

Una mujer de espaldas.

Con los brazos abiertos.

Y en la última foto…

ella misma.

No recordaba haber posado para ese retrato.

Pero ahí estaba.

Con sus perros.

En la playa.

Y detrás de ella, muy al fondo…

la misma mujer.

Desde entonces, ya no duerme bien.

Cada tarde va a pasear por As Sinas.

Sabe que no puede evitarlo.

Y cada vez la bruma baja más temprano.

Dicen que últimamente la han visto hablando sola en la orilla.

O peor…

contestando a alguien que nadie ve.

Una mujer que la conocía jura haberla visto caminando mar adentro una madrugada…

mientras una figura pálida, sin pies, la tomaba de la mano.

La llamó.

Elena se giró.

Y sonrió.

Ahora, si caminas por esta playa al anochecer, puedes ver huellas descalzas que van hacia el mar…

pero ninguna que vuelva.

Y a veces, entre el susurro de las olas, una voz femenina te pregunta:

—¿Paseas sola?

Manuel Losada

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