La niebla de Cortegada

Desde niña, Eva Martinez había sido diferente. Mientras otras pequeñas jugaban a las muñecas o al fútbol por las calles empedradas de su barrio en Bilbao, ella se perdía entre los pasillos polvorientos de la biblioteca municipal, devorando libros de mitos y leyendas. Lo inexplicable la fascinaba: los misterios sin resolver, las voces que hablaban desde el pasado, los lugares donde la lógica parecía diluirse.

Ya entonces, con apenas ocho años, afirmaba que algún día encontraría algo que el mundo había olvidado.

Los años pasaron y aunque su acento se suavizó con el tiempo, nunca perdió su sed de lo oculto. Había recorrido media España tras historias que apenas quedaban en susurros. Desde hacía varios años vivía en Vilagarcía de Arousa, una ciudad que adoptó como suya atraída por su paisaje brumoso, su costa salpicada de secretos y esa atmósfera de lugar anclado entre lo real y lo legendario.

Fue allí donde cayó en sus manos, por pura casualidad y tras visitar la librería Nobel Arousa, una novela titulada El misterio de la isla de Cortegada. El libro hablaba de una isla cercana, cubierta por un bosque fantasmal, donde —según antiguas leyendas gallegas— aparecía un Urco, una criatura espectral con cuerpo de bestia marina y cabeza de perro, condenada a vagar entre el mar y los sueños de los vivos.

La historia hablaba de desapariciones, de gritos en la niebla y de ojos rojos que brillaban desde los matorrales cuando la luna estaba oculta. Era justo el tipo de relato que encendía las brasas de su alma aventurera.

Eva decidió investigarlo. No como una habitante curiosa, sino como alguien que siempre sintió que su lugar en el mundo estaba al otro lado del miedo.

Fue hasta Carril, la villa marinera desde la que podía verse la isla de Cortegada como una mancha verde flotando en la ría. Preguntó en las tabernas del puerto por marineros dispuestos a llevarla.

—¿A Cortegada? —repitió un anciano de barba blanca, arrugando el ceño—. ¿Y qué le perdió usted allí?

—Solo curiosidad —respondió ella—. Me interesa la leyenda del Urco.

El silencio cayó como un manto. Otro hombre dejó su copa sobre la barra. Nadie volvió a mirarla. Nadie volvió a hablar.

Durante horas insistió. Se acercó a pescadores, a guías, a jóvenes con piraguas y hasta a un monitor de paddle surf. Todos se negaron. Unos lo hacían con evasivas, otros con excusas y algunos con un miedo apenas disimulado.

Una anciana con mirada turbia, al pasar junto a ella en el mercado, le murmuró:

—Los que pisan esa isla solos… ya no vuelven solos.

Pero no se amedrentó.

Esa madrugada, cuando la niebla cubría el agua como un sudario, robó una barca vieja amarrada en el muelle y remó hacia la isla. El mar estaba extrañamente quieto, como si contuviera la respiración. No tardó mucho en alcanzar la isla. Desembarcó entre raíces retorcidas y piedras cubiertas de líquenes. El silencio era absoluto.

Los árboles se alzaban como columnas sombrías y las antiguas casas de la aldea —ahora ruinas vencidas por la humedad— parecían observarla desde la maleza. Caminó sin rumbo fijo, dejándose guiar por su instinto, por esa voz interior que tantas veces la había llevado a descubrir lo oculto.

En el corazón de la isla, encontró una vieja capilla de piedra, semiderruida, cubierta de hiedra. Entró. El aire dentro olía a humedad, a vela extinguida hace siglos. Las paredes estaban cubiertas de inscripciones toscas, dibujos grabados con manos temblorosas: figuras de un perro gigantesco, mujeres llorando junto al mar, barcos hundidos bajo cielos sin luna.

Bajó a la cripta, donde una tumba sin nombre reposaba abierta, como una boca a punto de tragar. Dentro no había restos humanos, solo un collar de hierro oxidado, demasiado grande para cualquier animal normal. Una inscripción recorría el borde:

«O URCO NON MORRE, AGARDA.»

Eva lo sostuvo entre las manos.

Fue entonces cuando lo escuchó.

Un gruñido profundo, húmedo, a su espalda.

Se giró lentamente. El aire estaba más frío. Y olía a sal… y a sangre.

Corrió fuera de la capilla. Las sombras parecían moverse entre los árboles. Las raíces se alzaban como dedos. La niebla era tan espesa que apenas veía sus propias manos. El bosque entero susurraba su nombre con acento antiguo.

Y el gruñido volvió. Más cerca.

Esa noche, nadie la vio regresar.

A la mañana siguiente, la barca apareció sola, varada en la arena, con marcas de garras en la madera. De ella, solo hallaron su cámara, empapada, en una roca de la orilla. La última foto era borrosa, tomada entre los laureles: una silueta negra, gigantesca, con ojos encendidos como brasas.

Desde entonces, algunos vecinos aseguran oír lamentos en la ría cuando hay niebla. Otros juran haber visto una figura caminando por la orilla de Cortegada, a veces humana, a veces no.

Manuel Losada

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