El eco que te mira

Siempre había considerado su don más una peculiaridad académica que una maldición. Donde otros veían muros de piedra, ella sentía la piel de la historia. Podía tocar un dintel y percibir los ecos de las conversaciones que lo habían cruzado, o caminar por un jardín y sentir la presencia de quienes lo habían paseado siglos atrás. Eran solo eso, ecos. Grabaciones en el tiempo, inofensivas y fascinantes. Por eso, como amante del folclore, el Pazo de Vista Alegre en Vilagarcía era una visita obligada.

Era una tarde clara de julio. El sol bañaba los muros del pazo y el convento, arrancando destellos dorados de la piedra antigua. Los jardines de boj olían a verde y a tierra caliente. Aisha Belen paseaba con una sonrisa, disfrutando de la belleza del lugar, sintiendo las capas de vida que se superponían: risas de novicias, órdenes severas de un marqués, el murmullo de rezos olvidados.

Sabía la leyenda. Había leído sobre la plaga de 1883 y la noche en que los habitantes del pazo, aterrorizados, vieron a la Santa Compaña procesionar por sus huertos. Con una mezcla de rigor profesional y curiosidad personal, se dirigió a esa zona trasera del complejo, un lugar más tranquilo y menos transitado por los turistas.

Apoyó la palma de su mano en un viejo muro, áspero y cubierto de liquen. Cerró los ojos.

El calor del sol se desvaneció.

Un frío antinatural le trepó por el brazo, helándole los huesos. El aire se espesó, cargado con un olor a tierra húmeda y a cera quemada. Los alegres sonidos de la tarde fueron reemplazados por un silencio sepulcral, solo roto por el susurro del viento entre hojas que ya no estaban.

Cuando abrió los ojos, la noche la había devorado. La luna, pálida y enfermiza, apenas iluminaba la escena. Desde su posición, vio el pazo a oscuras, salvo por el tembloroso resplandor de las velas tras algunas ventanas, donde sombras aterradas espiaban. Y entonces, la vio.

La procesión avanzaba por el huerto. Figuras encorvadas, envueltas en sudarios raídos, se deslizaban más que caminaban. Sus pies no parecían tocar el suelo. A la cabeza, una persona viva, o que lo había estado hacía poco, portaba una cruz de madera. Tras ella, los demás sostenían velas cuyas llamas frías no parpadeaban ni producían calor. Sus rostros eran cuencas vacías, manchas de una tristeza infinita.

Aisha observaba, fascinada y sin miedo. Era la leyenda, el eco de un ayer, una impronta psíquica de una fuerza increíble. Estaba presenciando la historia en primera persona. Vio a la comitiva pasar, un desfile macabro, silencioso. Sintió la angustia de las almas que la componían. Era terrible, sí, pero era el pasado. Estaba a salvo tras el velo del tiempo.

Tan bruscamente como había llegado, la visión se disipó.

El sol golpeó de nuevo su rostro. El canto de los pájaros regresó con violencia. Ella parpadeó, desorientada, con el corazón acelerado por la adrenalina. Se apartó del muro, frotándose la mano helada. «Increíble», susurró. La impronta más nítida que había sentido jamás.

Satisfecha y un poco agotada, decidió que había tenido suficiente historia por un día. Se dio la vuelta y caminó hacia la salida, sintiéndose segura en la brillante calidez de la tarde. El pasado era pasado.

Ya casi en la puerta, algo la impulsó a mirar atrás por última vez. Un último vistazo al lugar donde el eco se había manifestado.

El huerto estaba vacío, bañado por el sol. Pero por una fracción de segundo, donde había estado el final de la procesión, el aire pareció temblar. Vio la silueta traslúcida de la última figura de la comitiva, un espectro que se desvanecía como el humo.

Sonrió para sus adentros. Un último residuo de la visión.

Pero la figura dejó de desvanecerse.

Lenta, deliberadamente, la cabeza encapuchada se giró. El movimiento no fue el de una imagen desdibujada, sino el de un ser con voluntad. La capucha se movió hasta que las cuencas vacías que había visto en su visión apuntaron directamente hacia ella, a través de más de un siglo de distancia.

El tiempo se detuvo. El terror, un hielo afilado y real, la paralizó por completo. Ya no era una observadora.

El rostro bajo el capirote, una máscara de cera pálida y reseca, cambió. Los labios finos y agrietados, que antes eran una línea de pura miseria, se curvaron hacia arriba en una sonrisa. No era un gesto amable. Era una mueca de reconocimiento, de bienvenida. Una expresión que decía: «Te hemos visto».

Aisha se quedó congelada en la salida, incapaz de gritar, con el calor del sol en su piel y el frío de la tumba en su alma. El eco no solo se podía ver.

El eco la estaba mirando.

Manuel Losada

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