4:15 a.m.

Carmen llevaba más de diez años trabajando como vigilante de seguridad. Había recorrido fábricas abandonadas, hospitales clausurados, centros comerciales y ambulatorios. Nada le sorprendía ya. O eso pensaba.

Desde hacía un par de semanas, cubría el turno de noche en el Instituto Psiquiátrico San Lázaro, cerrado desde los años 90 tras una serie de escándalos por maltrato y negligencia. El edificio iba a ser demolido, pero mientras tanto, había que evitar que se colaran vándalos o curiosos. Trabajo fácil. En teoría.

El primer día todo había sido normal. Los pasillos oscuros, los ecos lejanos, el zumbido del fluorescente que parpadeaba en la recepción. Carmen Alfaya caminaba con su linterna, registrando cada sala, cada rincón. Había algo incómodo en el aire, como una electricidad estática. Pero no vio a nadie. Ni una huella, ni un vidrio roto.

En la tercera noche fue cuando comenzaron los ruidos.

Cadenas arrastrándose por los pasillos. Susurros que no podía ubicar. Portazos que se repetían, aunque todas las puertas estaban abiertas o no tenían cerradura.

“Probablemente ratas”, se decía. “O tuberías”.

Pero en la quinta noche, encontró la primera nota. Estaba sobre una camilla oxidada en la antigua sala de terapia de electroshock. El papel, amarillento, tenía escrito con letra infantil:

“No me dejes aquí. No me gusta cuando él viene.”

Ella sintió un frío seco en la nuca. El papel no podía estar ahí. Lo habría visto. Habría sentido si alguien había entrado. Revisó todas las cámaras. Nada.

Las notas siguieron apareciendo. Una cada noche. Siempre en lugares que ya había revisado. Siempre escritas con esa misma caligrafía. A veces manchadas de algo que parecía sangre vieja.

“Se esconde en los espejos.”

“Si lo miras a los ojos, no te deja salir.”

“Yo era buena. Solo lloraba un poco.”

Las cámaras comenzaban a fallar justo en los momentos clave. La linterna parpadeaba con más frecuencia. Y entonces, en la noche número nueve, ella lo vio.

En la sala de confinamiento, al fondo del ala este, el espejo bidireccional mostraba su reflejo… pero no era exacto. Ella se movía, pero su reflejo lo hacía con una fracción de segundo de retraso. Y luego sonrió.

Carmen no.

Desde entonces, evita los espejos. Siente que algo la sigue en su ronda. Que respira detrás de ella, aunque nunca se dé la vuelta. La nota de esa noche solo decía:

“Ya casi estás lista.”

Intentó dejar el trabajo. Renunciar. Pero cada vez que llamaba a Recursos Humanos, nadie contestaba. Fue al edificio administrativo. Cerrado. Sellado con tablones como si llevara años abandonado.

Anoche, ella descubrió que el reloj en la pared de recepción está parado. Marca las 4:15 a.m., siempre. Igual que su reloj de pulsera. Igual que el de su teléfono.

Y la nota más reciente no estaba escrita. Estaba grabada, con uñas, sobre la pared acolchada de la celda 12:

“Lo peor no es que él esté aquí… es que tú lo dejaste entrar.”

Manuel Losada

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