
Mar Novás no salió a caminar por insomnio ni por romanticismo. Salió porque necesitaba aire después de una discusión absurda consigo misma. De esas en las que uno repasa decisiones antiguas y ninguna parece correcta.
Era media tarde, todavía había luz. No le apetecía cruzar el centro; demasiada gente, demasiadas caras conocidas. Sin pensarlo demasiado, tomó dirección a las afueras, rumbo a Rubiáns.
Caminaba rápido. Más deprisa de lo habitual. Como si quisiera llegar antes que sus propios pensamientos.
Al llegar a los semáforos se detuvo. Miró hacia atrás. Dudó. Podía dar la vuelta. Podía volver a casa.
Pero se notaba con fuerzas. Una energía tensa, casi desafiante. El semáforo cambió a verde y cruzó sin pensarlo más.
Tomó la calle Iglesario.
A medida que avanzaba, el entorno se volvía más tranquilo. Casas bajas, algún coche aparcado, una persiana a medio cerrar. El aire era más limpio allí. Más abierto.
Al llegar frente al Centro Cultural O Souto, se detuvo. El edificio estaba cerrado, era un poco tarde. En el tablón exterior había varios anuncios: clases, reuniones, la exposición fotográfica del barrio.
Se acercó a leer por simple curiosidad.
Entre los papeles había uno nuevo, impreso en folio blanco. No destacaba especialmente. Lo que la hizo detenerse fue el nombre.
MAR NOVÁS — Reunión informativa.
Sintió primero confusión. Luego una risa nerviosa.
Seguro que no era ella. Tenía que haber otra persona con el mismo nombre. No era tan raro. O quizá era un error de imprenta.
Leyó el resto del texto.
No ponía fecha.
Ni ponía hora.
Solo:
“Asunto pendiente.”
Se quedó mirando el papel más tiempo del razonable. Intentó recordar si se había inscrito en algo. Si había hablado con alguien sobre organizar una actividad. No le vino nada a la cabeza.
Sacó el móvil para hacer una foto. Sin batería.
—Qué oportuno —murmuró.
Miró alrededor. La calle seguía tranquila. Nadie parecía prestarle atención.
Volvió al tablón.
El folio seguía ahí.
Lo tocó.
Era papel normal. Reciente. No estaba húmedo ni viejo.
Por un impulso extraño, lo despegó.
Lo dobló y se lo guardó en el bolsillo.
No sabía bien por qué lo hacía. Tal vez por vergüenza. Tal vez porque no quería que nadie más lo viera.
Reanudó la caminata, pero ya no estaba tranquila. La mente empezó a trabajar sola. ¿Y si era una broma? ¿Y si alguien la estaba tomando el pelo? ¿Quién sabría que ella pasaba por allí a esa hora?
Intentó convencerse de que era una coincidencia sin importancia.
Al llegar a casa, dejó las llaves sobre la mesa y fue directa al bolsillo.
El papel no estaba.
Pensó que se le habría caído por el camino.
Revisó la chaqueta. Los bolsillos. El suelo del recibidor.
Nada.
La inquietud empezó a volverse física. No era terror, era una sensación de desajuste, como si algo pequeño no encajara en la realidad.
Se dejó caer en una silla de la cocina y trató de ordenar lo ocurrido sin dramatizarlo. Cerró los ojos un momento, como si así pudiera fijar mejor los detalles.
La imagen era nítida: el folio blanco destacando en el tablón, su nombre impreso sin errores, el tacto áspero del papel al despegarlo. Recordaba incluso el pequeño tirón de una chincheta al soltarlo.
No era una impresión vaga. Tampoco era una suposición.
Lo había tenido entre los dedos.
Sin embargo, ahora no estaba.
No había dormido. Después de dar vueltas en la cama, decidió irse. Había buscado las llaves del coche durante casi veinte minutos: en la mesa del recibidor, en el bolso, en el cajón donde a veces las dejaba por error. Incluso miró en la nevera, como si el cansancio pudiera haberle jugado una broma absurda.
No aparecieron.
Se quedó quieta en medio del salón, respirando despacio. No quería despertar a nadie con más ruido. Así que se puso la chaqueta y salió sin hacer sonar la puerta.
El aire era más frío que por la tarde. La humedad se pegaba a la piel. Las farolas proyectaban círculos aislados sobre el asfalto y entre uno y otro tramo la calle parecía hundirse en una penumbra espesa.
Avanzó caminando, esta vez sin prisa. El silencio era distinto al de otras noches; más compacto, como si amortiguara sus propios pasos. Pasó junto a las mismas casas, las mismas persianas bajadas. No se cruzó con nadie.
Cuando llegó a la altura del centro cultural, redujo aún más el ritmo.
No miró directamente al tablón al principio.
Se quedó unos segundos observando la fachada cerrada, las sombras en las ventanas, el reflejo tenue de la farola en el cristal.
Solo entonces se acercó.
Despacio.
Como si temiera confirmar algo que aún podía no existir.
El folio estaba allí.
Perfectamente colocado.
Liso.
Como si nadie lo hubiera tocado.
Esta vez leyó con más atención.
No decía “MAR NOVÁS”.
Decía:
“Mar Nòvas”
Una tilde extraña. Un acento desplazado.
Debajo, en letra más pequeña que no había visto antes:
“Confirma asistencia.”
Sintió una punzada de rabia contra sí misma. La primera vez había leído rápido. Había supuesto. Había encajado el nombre en su cabeza sin comprobarlo bien.
Tal vez no era ella.
Se inclinó para observar mejor.
El papel estaba fijado con cinta adhesiva y con chinchetas normales. Nada raro.
Una voz la sobresaltó.
—¿Todo bien?
Era un vecino que parecía que regresaba a casa.
—Sí, sí… estaba leyendo esto.
El hombre miró el tablón.
—Ah. Eso lo debieron poner esta tarde. Será alguna chica que organiza algo con la asociación. Nunca había escuchado ese apellido, pero no eres tú, ¿no?
Ella negó con la cabeza demasiado rápido.
—No.
Sonrió, se despidió y se alejó.
Cuando llegó a la esquina, volvió la vista atrás.
El tablón se veía pequeño desde la distancia.
Pensó en algo que no le gustó nada: durante unos minutos había estado completamente convencida de que aquel mensaje era para ella. Sin pruebas. Sin confirmación. Solo porque su nombre coincidía.
O porque quería que coincidiera.
En casa, antes de intentar dormir, se preguntó qué la había inquietado realmente.
No era el papel.
Era la facilidad con la que su mente había construido una historia: alguien llamándola, algo pendiente, una reunión secreta.
El terror no estaba fuera.
Estaba en lo sencillo:
lo fácil que es creer que todo gira en torno a uno.
A la mañana siguiente pasó de nuevo por el centro cultural, ya con luz. El tablón estaba lleno de anuncios normales. El folio seguía allí, con el nombre que no era exactamente el suyo.
Lo miró un segundo.
Y siguió caminando.
Sin arrancarlo esta vez.
Pero no llegó muy lejos.
Apenas había avanzado unos metros cuando sintió esa incomodidad mínima, casi física, que aparece cuando uno sabe que ha olvidado algo. No era importante, pero insistía.
Se detuvo.
Giró la cabeza.
El tablero seguía allí, lleno de anuncios superpuestos. El folio blanco destacaba entre papeles de colores.
No sabía qué la obligaba a fijarse otra vez. Tal vez el apellido mal acentuado. Tal vez el “asunto pendiente”.
Regresó con pasos lentos.
El papel parecía más corriente todavía. Incluso ridículo. Leyó en voz baja:
—Mar Nòvas. Confirmar asistencia.
No había teléfono, ni correo y tampoco hora.
Solo eso.
Alzó la mano, pero no llegó a tocarlo. Se contuvo. No quería repetir la escena de la noche anterior. Tampoco quería volver a sentirse confundida por algo tan trivial.
Entró al centro cultural.
Dentro, todo era normal. Un par de personas preparando la sala para una actividad. El sonido de sillas moviéndose. Conversaciones sobre horarios y café.
Saludó. Sonrió. Actuó con naturalidad.
Mientras fingía interés por unos carteles, preguntó con ligereza:
—Buenos días, ¿lo del tablón de fuera… es para alguna reunión concreta?
Una mujer levantó la vista.
—¿Cuál?
—El de Mar… algo.
La mujer frunció el ceño.
—No sé. Yo no puse nada nuevo hoy.
—¿Ayer?
—Tampoco. El tablón lo revisamos la semana pasada.
Sintió que el suelo se volvía ligeramente inestable.
—¿Seguro? Hay un folio blanco.
La señora salió con ella hasta la puerta.
Miró el tablón.
—Yo no veo ningún folio blanco.
Se quedó inmóvil.
El espacio donde estaba el papel seguía ocupado por anuncios: clases de baile, reunión vecinal, préstamo de libros. Papeles solapados. Chinchetas de colores.
Pero no el folio.
—Ahí —insistió ella, señalando el centro.
—No hay nada ahí —respondió la mujer, ya con una sombra de extrañeza en la voz.
Mar bajó la mano despacio.
Tal vez se había equivocado de zona. Tal vez la luz de la mañana le había jugado una mala pasada.
Se acercó más.
Recorrió cada anuncio con la mirada.
Nada.
Ni rastro de su nombre. Ni del “Asunto pendiente”. Tampoco lo de “Confirmar asistencia”.
Sintió calor en el rostro. Una mezcla de vergüenza y algo más oscuro.
—Bueno… igual me confundí —dijo.
La mujer sonrió con amabilidad automática.
—A veces pasa. Hay muchos papeles.
Asintió y se despidió.
Caminó unos pasos por la acera.
Se detuvo.
Algo no cuadraba.
Sacó el móvil. Esta vez tenía batería. Abrió la galería.
Había querido hacer una foto la noche anterior.
No recordaba haberlo conseguido.
Pero allí estaba.
Una imagen borrosa del tablón, tomada en la oscuridad.
Amplió la foto.
El centro aparecía iluminado por la farola. Los anuncios apenas se distinguían.
En medio, claramente visible, el folio blanco.
El nombre.
Ya no contenía la tilde rara.
Era ligeramente distinto.
Ponía exactamente:
MAR NOVÁS
Sin error.
Ni variación.
Debajo, una línea que no recordaba haber leído:
“Ya sabes de qué se trata.”
El estómago se le cerró.
Volvió a levantar la vista hacia el tablón real.
Vacío de ese papel.
La fotografía seguía en su móvil.
La fecha y la hora confirmaban que la había tomado la noche anterior, frente al centro cultural.
Miró alrededor.
La calle estaba llena de luz, de ruido leve, de normalidad.
Nadie la observaba.
El terror no fue explosivo.
Fue íntimo.
Una sospecha pequeña y persistente:
si el papel no estaba allí…
nadie más lo había visto…
¿por qué existía esa foto?
Guardó el móvil sin borrarla.
No volvió a acercarse al tablón.
Pero esa noche, al acostarse, dejó el teléfono boca arriba sobre la mesilla.
La pantalla se encendió sola a las 03:17.
Una notificación sin icono.
Sin aplicación.
No había remitente.
Solo un mensaje breve:
Asistencia confirmada.
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