
El estudio estaba en silencio cuando la policía entró.
Las ventanas estaban cerradas desde dentro.
La puerta no tenía señales de haber sido forzada.
Pero el lugar parecía abandonado desde hacía días.
Había tazas de café secas, lápices rotos, hojas arrugadas por el suelo.
En medio de la habitación, iluminada por una lámpara todavía encendida, había un solo papel.
Un dibujo.
El inspector Luis Rosales lo levantó con cuidado.
Era una ilustración hecha a lápiz.
En ella aparecía un hombre atrapado en una habitación oscura, golpeando desesperadamente una puerta cerrada.
El rostro estaba deformado por el miedo.
Las manos estaban llenas de heridas.
Por fuera de la puerta había una figura.
Alta.
Delgada.
Con una sonrisa imposible.
El oficial frunció el ceño.
—¿Quién es el artista?
—El dueño del estudio —respondió uno de los agentes—. Santi Pérez.
—¿Dónde está?
El agente dudó.
—No lo sabemos.
Rosales volvió a mirar el dibujo.
Algo en él no estaba bien.
Una sensación que no podía explicar.
Durante un segundo…
El hombre dentro del dibujo pareció moverse.
Santi Pérez no siempre dibujó cosas oscuras.
Cuando era niño dibujaba animales.
Paisajes.
Personas sonrientes.
Pero algo cambió cuando tenía dieciséis años.
Un accidente.
Un incendio en su antiguo edificio.
Sobrevivió.
Pero desde entonces comenzó a tener sueños extraños.
Pesadillas en los que veía lugares que no existían.
Habitaciones sin puertas.
Pasillos que terminaban en paredes.
Sombras que se movían cuando nadie miraba.
Al principio pensó que eran temores normales.
Pero un día decidió dibujar uno de esos sueños.
Y cuando terminó la ilustración…
Algo lo miraba desde dentro del papel.
El estudio estaba en un edificio antiguo.
Las paredes tenían grietas.
El suelo crujía al caminar.
Era el lugar perfecto para alguien que dibujaba terror.
Pero Santi siempre tenía la sensación de que el lugar no estaba vacío.
A veces oía pasos en el pasillo.
Otras escuchaba golpes en la pared.
Y una vez…
Juró haber oído arañar algo detrás de su mesa de dibujo.
Nunca encontró nada.
Pero cada vez que plasmaba ciertas cosas…
Los ruidos comenzaban.
El Curtas Festival do Imaxinario le había pedido una exposición.
Una serie completa de ilustraciones.
Diez obras.
Todas sobre el mismo tema:
El miedo.
El artista aceptó.
Pero después de terminar nueve dibujos, se dio cuenta de algo extraño.
Todos tenían algo en común.
Un símbolo.
Una entrada.
Una puerta entreabierta.
Y siempre había algo detrás.
Algo que nunca recordaba haber dibujado.
La décima obra sería diferente.
Un autorretrato.
Él quería cerrar la exposición con algo personal.
Algo que representara su propia mente.
Pasó horas dibujando.
Las líneas eran precisas.
La sombra perfecta.
Pero cuando levantó la cabeza…
La ilustración había cambiado.
Detrás de él había una entrada.
Entreabierta.
El artista revisó los bocetos.
La puerta no existía.
Volvió a mirar el dibujo después de ir a la cocina.
Estaba más abierta.
Sintió un escalofrío.
Sacó el móvil y tomó una foto.
Luego volvió a sentarse.
—Estoy cansado —susurró.
Pero cuando comparó la instantánea con el dibujo una hora después…
La puerta estaba todavía más abierta.
Ahora había algo en la oscuridad.
Una mano.
Esa noche empezó el sonido.
¡Ras! ¡wracka!
Santi miró alrededor.
El estudio estaba vacío.
El sonido volvió.
¡Krrrrrk! ¡Screeek!
Venía de la mesa.
Del papel.
Cuando se acercó al boceto vio algo que hizo que su sangre se congelara.
Dentro de la habitación dibujada…
Había otro diseño.
Un dibujo dentro de otro.
En ese nuevo retrato…
Santi estaba mirando hacia fuera.
Directamente hacia él.
La figura dentro del esbozo comenzó a moverse.
Muy lentamente.
Primero un dedo.
Luego el brazo.
Despues la cabeza.
Santi Pérez dejó caer el lápiz.
—Esto no puede ser real…
Pero el sonido de uñas raspando el marco de la puerta lo contradijo.
A las 3:15 ocurrió.
La puerta del dibujo se abrió completamente.
La criatura cruzó el umbral.
Pero no salió del papel.
Fue el mundo el que comenzó a deformarse.
Las paredes se volvieron líneas.
El suelo se convirtió en sombras.
Y cuando él miró sus manos…
Eran grafito.
Santi despertó en una habitación.
Oscura.
Silenciosa.
Intentó abrir la puerta.
No se movía.
Golpeó.
Gritó.
Nadie le respondió.
Entonces escuchó algo al otro lado.
Era una respiración.
Muy lenta.
Paciente.
Y una voz.
Un murmullo que parecía raspar el papel al hablar.
—Ahora… tú dibujas para mí.
La policía nunca encontró a Santi Pérez.
Pero el dibujo sigue existiendo.
Se guarda en una caja de evidencias.
Nadie quiere tocarlo.
Porque a veces…
Muy tarde por la noche…
Se oye un sonido.
Golpes.
Desde dentro del papel.
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