María Aragunde no tenía claro querer más mascotas. Pero aquella gata negra, en la protectora, parecía mirarla directamente a los ojos, inmóvil, como si la estuviera esperando. El voluntario le advirtió que nadie la había querido adoptar en años. «No maúlla, no juega… es rara», le dijeron. Sin saber por qué, se lo llevó. La… Seguir leyendo La guardiana