
La madrileña Raki Rey nunca había tenido miedo a la oscuridad… al menos no hasta que se mudó a Rianxo.
el silencio espeso de las calles estrechas, la ría respirando despacio al caer la noche, el sonido apagado de las hojas que parecían susurrar historias antiguas.
Allí —decía— podría pintar como nunca.
El lugar donde, por fin, sería artista de pleno derecho.
Pero nadie sabía lo que pasó con su último cuadro. El mismo que, desde el primer boceto, le había provocado una incomodidad que no quiso admitir.
Todo comenzó la noche en que lo terminó.
Llevaba horas sin parpadear, con el cuerpo tenso, siguiendo obsesivamente la curva de la nariz del personaje extraño que había creado. Ese ojo hinchado por la vigilia, las ojeras hundidas, la piel enfermiza. Alrededor, murciélagos flotando como pensamientos negros, arañas que parecían sonreír con demasiada intención.
Cuando dio la última pincelada, sintió un escalofrío violento. No era frío. Tampoco era cansancio.
Era como si el cuadro… respirara.
Le restó importancia. La mente, después de trabajar tanto, juega malas pasadas.
Pero aquella noche no pudo dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, sentía que el personaje del lienzo la observaba desde el borde de la cama. No veía su cuerpo. No oía pasos. Solo aquella mirada fija, enorme, agotada… como si también él llevara años sin dormir.
A la mañana siguiente encontró el cuadro ladeado. No mucho, solo unos centímetros. Pero ella juraría que lo había dejado perfectamente recto.
Raquel no se equivocaba con esas cosas. Nunca.
Se obligó a no pensarlo más. El cerebro cansado inventa cosas raras. Eso se repetía mientras preparaba café, intentando ignorar la opresión en el pecho.
Esa misma tarde, mientras vertía azúcar en la taza, escuchó un suave:
“tic… tic… tic…”
Un sonido metálico, insistente, proveniente del estudio.
Entró sin hacer ruido, con el pulso acelerado. El cuadro estaba igual que siempre… excepto por una cosa:
La pupila del personaje había cambiado. Apenas un milímetro. Pero ahora estaba enfocada. Mirándola directamente a ella.
La artista tragó saliva. Intentó reír. «Es la saturación», murmuró, aun sabiendo que la humedad puede deformar un papel, hinchar una madera… pero no mover una pupila.
Llegó la noche y como era de esperar, el insomnio volvió. Pero esta vez, no se quedó quieto. Se levantó a beber agua, arrastrando los pies y al pasar frente al estudio vio una rendija de luz bajo la puerta. Ella recordaba haberla apagado.
Abrió despacio. La ventana estaba abierta, el viento movía los pinceles. El cuadro estaba iluminado por la luna en un ángulo perfecto.
Los murciélagos dentro del lienzo se veían más cerca del borde.
Como si hubieran avanzado. Como si quisieran… salir.
Sintió un vértigo extraño. El lienzo parecía latir. Un latido profundo, casi imperceptible, pero allí estaba.
Entonces ocurrió.
Una frase se deslizó en su mente. No la escuchó con los oídos.
La sintió, directa, dentro de su cráneo:
“No cierres los ojos, Raquel.”
“Si los cierras… entraré.”
La copa que llevaba en la mano cayó al suelo. No recuerda más. Su memoria es un hueco negro hasta el amanecer.
Despertó sentada frente al lienzo, con la cabeza ladeada, como si alguien la hubiera estado observando toda la noche.
Le dolía la sien, un dolor punzante, como dedos invisibles apretando desde dentro.
El cuadro estaba otra vez tranquilo. Los murciélagos inmóviles. El personaje totalmente quieto. Como si nada hubiera pasado.
Desde entonces, la pintora sigue creando. Sigue exponiendo. Sigue sonriendo en las fotos.
Pero nunca más volvió a colgar ese cuadro.
Ni a hablar de él.
Lo tiene guardado, envuelto, oculto en el rincón más oscuro de su estudio… aunque algunas noches, cuando el viento sopla desde la ría y la casa está en silencio absoluto, jura escuchar algo dentro del embalaje:
un leve, insistente…
tic… tic… tic…
Como un dedo golpeara desde dentro.
Como si el personaje esperara a que ella, una vez más, se atreviera a cerrar los ojos.
Manuel Losada
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