
Bárbara Landin llevaba tres años con su pequeño salón de masajes y tratamientos de belleza en Vilagarcía de Arousa.
Desde que lo abrió, se había convertido en un refugio para mujeres que buscaban relajarse, desconectar y dejarse cuidar por sus manos expertas.
La bruma salina del mar gallego se mezclaba cada mañana con el aroma a lavanda del local, creando un ambiente casi hipnótico.
Todo seguía su curso habitual: clientas conocidas, reservas llenas los fines de semana, la música sonando de fondo…
Hasta aquella mañana de octubre.
La campanilla de la puerta sonó, pero ella, que estaba preparando aceites esenciales en la trastienda, juraría haber escuchado un tono más agudo.
Más… metálico.
Cuando salió, vio a una mujer que jamás había visto por la zona.
Alta.
Delgada.
Piel pálida como cera.
Y unos ojos negros y brillantes que parecían fijarse en algo más allá de ella.
—Busco un tratamiento especial… algo que me cambie por dentro —susurró la desconocida, con un deje extraño en la voz, como si hablara desde muy lejos.
Bárbara, aunque sintió un escalofrío, aceptó atenderla.
La llevó a la sala de masajes, encendió una vela aromática y comenzó a trabajar en su espalda.
Pero a medida que pasaban los minutos, algo perturbador ocurrió.
Los músculos de la mujer parecían no tener límites, como si bajo la piel hubiera más espacio del que debería.
Además, la temperatura de su cuerpo descendía a un ritmo inquietante.
Estaba casi helada al tacto, pese a la manta térmica que Bárbara usaba.
De repente, la clienta habló sin girar la cabeza:
—Hace mucho tiempo que espero este lugar… y a ti.
Las manos de Bárbara se detuvieron.
Un silencio espeso llenó la habitación, roto solo por el goteo del aceite desde sus dedos al suelo.
Cuando miró al espejo de la pared, vio algo imposible.
En el reflejo, ella no estaba masajeando a la mujer…
Estaba arrodillada, inmóvil.
Y la clienta se erguía detrás de ella con una sonrisa grotesca, mostrando una hilera de dientes demasiado larga.
Bárbara retrocedió un paso.
Sus pies se hundieron en el suelo, como si la madera se hubiera vuelto blanda.
Miró el espejo de nuevo.
La imagen mostraba claramente que la mujer estaba detrás de ella, aunque en la realidad seguía tumbada en la camilla.
Un susurro se deslizó por la sala:
—Ya no puedes deshacerlo…
La vela aromática parpadeó.
Y se apagó sola.
Un viento helado recorrió el salón, cerrando de golpe la puerta principal.
Bárbara intentó gritar, pero su voz no salió.
Sintió unas manos frías aferrando sus hombros.
Se giró de golpe…
Y la mujer estaba allí, erguida, tan cerca que podía ver pequeñas grietas en su piel, como si fuera una muñeca de porcelana a punto de romperse.
Los ojos negros brillaron.
Bárbara sintió que algo la arrastraba hacia la oscuridad de esas pupilas.
Imágenes que no eran suyas cruzaron su mente:
Rostros de otras esteticistas.
Salones en diferentes pueblos.
Todas ellas desapareciendo una a una, tragadas por esa misma presencia.
—Te elegí porque tus manos… pueden darme un nuevo rostro —dijo la mujer, mientras sus labios se abrían demasiado, como una grieta sin fin.
Bárbara intentó correr hacia la puerta.
Pero el suelo se alargaba como un pasillo interminable.
Al darse vuelta, vio que la camilla estaba vacía…
Y ella misma estaba tumbada sobre ella.
La mujer trabajaba sobre su cara, moldeando su piel como arcilla.
Bárbara gritó.
Pero solo el silencio respondió.
Al día siguiente, el salón abrió con normalidad.
Las vecinas vieron a Bárbara atender a las clientas con la misma sonrisa de siempre, aunque algunas comentaron que algo había cambiado en sus ojos…
Demasiado oscuros.
Demasiado profundos.
Como si absorbieran la luz.
Y desde entonces, cuando cae la noche en la calle donde se encuentra el salón, dicen que se oye el tintinear de la campanilla del establecimiento, aunque esté cerrado.
Y una voz femenina susurra desde dentro:
—Busco un cambio… algo que me cambie por dentro…
Manuel Losada
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