
En la tranquila Vilagarcía, Ángela Pesado siempre había sentido una conexión profunda con su historia y con los secretos olvidados de su ciudad.
Aquella tarde de otoño, mientras buscaba entre los estantes polvorientos de la biblioteca local, su dedo se detuvo en un cuaderno encuadernado en cuero.
No tenía título.
No tenía autor.
Solo una fecha marcada con tinta desgastada:
1967.
Intrigada y con el corazón acelerado, lo llevó a una sala apartada.
Al abrirlo, un olor a humedad y papel viejo le inundó las fosas nasales.
Las páginas estaban llenas de relatos sobre un incendio en una conservera cercana.
Un suceso que jamás se mostró en televisión.
Ni en los periódicos.
A medida que avanzaba, encontró nombres de desaparecidos y protestas silenciadas.
Figuras cuyos ecos solo había escuchado en susurros.
Nunca confirmados.
Pero lo más inquietante fue que, mientras leía, las anotaciones parecían anticipar sus movimientos.
Describían lugares que ella planeaba visitar al día siguiente.
Y mencionaban conversaciones que aún no había tenido.
Una sensación fría le recorrió la espalda cuando cerró el cuaderno.
Entre las páginas apareció una nota escrita con una caligrafía temblorosa:
“No pares ahora. La verdad está más cerca de lo que imaginas.”
Esa noche, una nueva página apareció.
Con palabras que solo ella podía leer.
El cuaderno parecía…
Vivo.
Siguiendo las pistas, Ángela encontró la entrada al faiado de una vieja casa abandonada junto al río.
El crujir de la madera bajo sus pies y el olor a moho la envolvieron mientras iluminaba con su teléfono las cajas apiladas.
Entre papeles amarillentos y fotografías descoloridas, halló grabaciones y diarios que relataban huelgas ocultas y desapariciones forzadas.
Pero no estaba sola.
A cada paso, sentía una presencia silenciosa que la vigilaba desde las sombras.
Pasos apagados resonaban en el piso inferior cuando ella subía.
Y cada vez que llegaba, flores frescas aparecían misteriosamente sobre las cajas con nombres tachados y documentos secretos.
Una noche, mientras reproducía una cinta, la voz que emergió del altavoz la heló.
Era la suya.
Su propio tono.
Preguntando con urgencia por el incendio.
Algo imposible, ya que nunca había estado allí antes.
La habitación pareció cerrarse a su alrededor.
Y un escalofrío le recorrió la piel cuando sintió que alguien la observaba.
El miedo empezó a instalarse.
Pero Ángela sabía que debía continuar.
En el silencio abrumador del faiado, un susurro apenas audible le rozó el oído:
“Si olvidas, ellos ganan.”
El cuaderno la había elegido para que la historia no muriera.
Para que los olvidados recuperaran su voz.
Pero también para enfrentar la pregunta más aterradora:
¿Quién escribía esas páginas?
¿Y por qué su vida estaba entrelazada con un pasado que no recordaba haber vivido?
Mientras la luna se ocultaba tras nubes oscuras, Ángela se prometió no bajar la guardia.
Porque en Vilagarcía, las sombras del pasado no solo acechan.
También observan…
Y esperan.
Manuel Losada
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