Plataforma N-27

Había trabajado catorce años abasteciendo plataformas petrolíferas en el Atlántico Norte.

Era una rutina de hierro.

Cargar suministros en el puerto de Bergen, navegar durante tres días y tras hacer la entrega regresar en medio de una niebla que parecía querer tragarse el barco entero.

Nunca le había importado la soledad.

Ni el silencio.

Hasta ese viaje.

El Árgon, su embarcación, partió con solo seis tripulantes esa vez.

Era temporada baja y la plataforma N-27, apodada La Loba por los viejos marinos, llevaba meses con actividad mínima.

Solo quedaban tres operarios a bordo según el manifiesto.

La primera señal de que algo no andaba bien llegó la segunda noche.

El cocinero, Lázaro, dejó de hablar.

No como un gesto de cansancio.

No como una mala cara.

Dejó de hablar como si hubiese olvidado cómo.

Se limitaba a mirar la comida antes de servirla con los ojos vidriosos clavados en la pared de acero oxidado.

Nadie dijo nada.

Nadie quería romper el silencio.

Al tercer día llegaron a La Loba.

La plataforma se alzaba como una torre oxidada entre las aguas negras, salpicada de luces intermitentes y un zumbido constante.

Como si algo la estuviera respirando desde dentro.

Marcos Mouriño subió con dos marineros más.

Tocaron la bocina anunciando su llegada.

Nadie respondió.

Al abordar, todo estaba en orden.

Pero vacío.

Puertas abiertas.

Ordenadores y pantallas encendidas.

Comida a medio comer.

En la sala de control hallaron un cuaderno manchado con marcas de sangre seca.

La última entrada decía:

“Escuchamos la voz. Primero susurra por los tubos. Luego camina. Ahora está en la sala de compresores. No debemos mirarla a los ojos.”

Marcos sintió que algo lo observaba desde los respiraderos.

El viento no soplaba.

Pero se oían pasos.

—¿Quién está ahí? —gritó uno de los marineros, Jaime.

Entonces ocurrió.

Una figura salió arrastrándose desde un túnel de mantenimiento.

No caminaba.

No gateaba.

Se deslizaba.

No tenía rostro.

Su piel era oscura como el alquitrán crudo.

Solo había un agujero enorme donde debería haber habido una boca.

Y un chillido.

Agudo.

Inhumano.

Tan fuerte que hizo temblar los barandales.

Jaime corrió.

Marcos lo siguió.

Pero en cuanto bajaron por la pasarela, su compañero fue arrastrado de vuelta por una fuerza invisible.

El Árgon empezó a separarse de la plataforma.

Como si alguien lo hubiera soltado deliberadamente.

A bordo, los demás estaban muertos.

No había sangre.

Solo ojos arrancados.

Y bocas dislocadas.

Como si hubieran gritado hasta romperse.

Solo Lázaro quedaba de pie en la cocina.

Sonriendo.

—Ahora ella viene con nosotros —dijo.

Marcos no recuerda mucho más del viaje de regreso.

Solo fragmentos.

Voces dentro del motor.

Pesadillas a plena luz del día.

Y una silueta en su camarote que lo observaba mientras dormía.

Hoy, Marcos está en tierra firme.

Pero no habla con nadie del suceso.

Vive con sus dos gatos en una cabaña a las afueras de Tromsø.

Cada noche pone vasos con sal junto a las ventanas.

Y reza con los ojos abiertos.

Dice que La Loba no era una plataforma petrolera.

Dice que era una jaula.

Y que ahora lo que contenía está suelto en el mar.

O quizás dentro de él.

Manuel Losada

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