
Cada noche, como quien cumple un rito, caminaba hasta el extremo del muelle empedrado de Carril.
Caña al hombro.
Cubo vacío.
Linterna en la frente.
Siempre al mismo sitio.
A la misma hora.
No pescaba por deporte.
Pescaba porque algo en él necesitaba estar allí.
Como si respondiera a un llamado que no recordaba haber oído.
Frente a él, la isla de Cortegada se alzaba entre la bruma como una bestia dormida.
Callada.
Inmóvil.
Pero no muerta.
La isla no respira, pero aguarda.
Aquella madrugada, la niebla era más densa de lo habitual.
Casi sólida.
Lanzó la potera.
El mar, inmóvil, parecía una losa de plomo.
Ni gaviotas.
Ni olas.
Solo el rumor apagado del agua cerrándose detrás del anzuelo.
El tiempo pasó como si no supiera qué forma tomar.
Entonces, la caña se tensó.
No era un tirón.
Era un peso que subía con lentitud.
Como si algo muy antiguo reclamara la superficie.
Lo que emergió no era presa.
Era un muñeco.
Un bulto de trapo empapado, inflado por el agua, con una piedra atada al torso mediante un alambre oxidado.
El sedal se había enredado en el alambre.
Como si hubiera sido guiado hasta él.
Juan Leites lo sostuvo bajo la linterna.
El agua resbalaba con una persistencia desagradable.
El muñeco estaba cosido a mano, con puntadas gruesas y desiguales.
La tela, desvaída, tenía la forma vaga de ropa infantil.
No tenía ojos.
Solo dos cuencas oscuras.
La boca, sellada con hilo rojo, parecía forzada a callar.
Los brazos torcidos no seguían ninguna simetría humana.
Y en una de sus manos, aún adherido con hilo, colgaba un amuleto de nácar agrietado.
Como si el tiempo lo hubiera estado masticando.
La piedra no era un peso accidental.
Era castigo.
Sin saber por qué, Juan cortó el alambre.
No fue coraje.
Ni insensatez.
Fue obediencia.
Instintiva.
Automática.
Como si lo hubiese hecho antes, en otro tiempo.
Guardó el muñeco en el cubo, aún goteando.
Y al levantar la vista hacia Cortegada…
Supo que lo observaban.
No volvió a lanzar la caña.
Ni siquiera se levantó.
Se quedó allí, inmóvil, viendo cómo el día arañaba la bruma sin entusiasmo.
Cuando regresó a casa, lo dejó sobre un trapo.
No lo limpió.
No lo examinó.
Lo colocó en una repisa, junto a una brújula rota, una piedra volcánica y una red quemada que ya nadie recordaba.
La madrugada siguiente, lo esperaba algo nuevo.
Sobre la piedra donde solía sentarse, descansaba un calamar.
Fresco.
Intacto.
Sin marcas.
Como si alguien, o algo, lo hubiese dejado allí con cuidado.
Desde entonces, a veces encuentra otro.
Nunca ve cómo llegan.
Solo aparecen.
Silenciosos.
Perfectos.
Como ofrendas.
O recordatorios.
El muñeco sigue en la repisa.
Hay días en los que Juan juraría que ha cambiado.
Que su cabeza se ladea con las noches húmedas.
Que el hilo de la boca se afloja cuando sube la marea.
Que dentro, algo se mueve.
Despacito.
Pero no le teme.
Porque lo que emergió del agua aquella noche no vino a llevárselo.
Vino a quedarse.
Juan sabe que el mar guarda sus secretos como tumbas sin nombre.
Y que, a veces, suelta uno…
Hinchado.
Torcido.
Cosido con manos temblorosas…
Para que alguien lo encuentre.
Para que, al fin, alguien lo vea.
Para que, quizá, lo devuelvan al sueño que nunca debió interrumpirse.
Manuel Losada
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