
Tere Ríos tenía el pelo rojo, corto y engominado y las manos firmes de quien ha trabajado años cortando carne con precisión.
La carnicería que ahora dirigía había sido de su familia y desde que la heredó el pequeño pueblo parecía un hogar perfecto.
La gente la apreciaba.
Por las mañanas, los vecinos la saludaban con una sonrisa y un “buenos días” cálido. Los niños, curiosos, se asomaban al escaparate para ver cómo manejaba los cuchillos y cortaba la carne con destreza.
Las horas transcurrían entre risas, charlas en la puerta y la tranquilidad de la rutina.
Pero entonces llegó él.
Un hombre alto, envuelto siempre en una gabardina oscura y un sombrero que ocultaba su rostro.
Entraba a la carnicería cada tarde, siempre a la misma hora.
Y pedía la misma pieza de carne.
Con la misma medida exacta.
No hablaba.
No miraba directamente a la carnicera.
Solo esperaba.
Al principio, Tere pensó que era un cliente habitual.
Extraño, quizás.
Pero nada más.
Hasta que una noche, en la taberna del pueblo, escuchó el murmullo inquietante de un anciano:
—Un hombre murió hace más de veinte años… lo atropellaron justo al salir de esa carnicería.
El corazón de Tere se encogió.
La idea parecía imposible.
Sin embargo, las visitas continuaron.
Cada vez que él entraba, un frío extraño se instalaba en la carnicería. El aire parecía pesar más, las sombras se alargaban y la carne que cortaba parecía oscurecerse…
Casi como si respirara bajo sus cuchillos.
A veces, al cerrar, encontraba marcas en la madera.
Palabras garabateadas con algo que no podía distinguir bien pero que parecía sangre seca:
“No olvides”.
La incertidumbre empezó a carcomerla.
La figura del hombre aparecía en reflejos imposibles, en los vidrios empañados.
Y una sensación de ser observada nunca la abandonaba.
Una tarde decidió visitar al anciano para conocer más.
Este habló con voz grave, recordando secretos que parecían ecos olvidados:
—Julián era un hombre reservado. Tenía sus demonios. Nadie sabía bien qué hacía con esa carne que pedía… ni por qué siempre volvía.
De regreso, Tere sintió que algo la seguía entre los árboles.
El viento parecía susurrarle su nombre.
Esa noche, en la carnicería, encendió todas las luces.
Puso el cuchillo más afilado sobre el mostrador.
Y esperó.
Decidida a enfrentarse a él.
La campanilla de la puerta sonó lentamente.
La figura apareció.
Julián estaba allí.
Tan real como siempre.
Con esa gabardina oscura y su mirada hueca.
Sin decir palabra, extendió una mano espectral hacia ella.
En ese instante, Tere comprendió que el verdadero horror no era la muerte…
…sino la espera eterna.
La figura se desvaneció.
Pero el cuchillo cayó al suelo dejando una mancha oscura que se extendía lentamente.
Igual que la sombra que ahora habitaba en ella.
Manuel Losada
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