El silencio de los que esperan

Iba a ser una cena de Navidad como otra cualquiera. Los compañeros del Froiz fueron llegando uno a uno, la diversión estaba asegurada.

Primero aparecieron los más puntuales, los de siempre, los que nunca fallaban. Se saludaban en la puerta, dejaban los abrigos sobre una silla y ocupaban sus sitios entre comentarios ligeros, todavía contenidos, como si la noche necesitara unos minutos para arrancar del todo.

—¿Estamos todos?
—Falta una.
—Fabiola Souto siempre llega tarde…

Entró con paso rápido, las mejillas encendidas por el frío y la bufanda aún puesta.

—¡Ya está aquí la estrella!
—La star llega cuando quiere —respondió ella, dejando el bolso con una sonrisa.

El comedor estaba cálido, acogedor, lleno de ese ruido suave de conversaciones cruzadas y copas que chocan sin prisa. Nada parecía fuera de lugar.

Se sentaron y las primeras conversaciones fueron las de siempre: trabajo, clientes, anécdotas repetidas que, aun así, seguían teniendo gracia. Alguien pidió bebidas, otro brindó antes de tiempo y poco a poco el ambiente se fue soltando.

Cuando llegaron los langostinos, el vapor llenó la mesa y el olor hizo que más de uno se inclinara hacia delante con entusiasmo. Las manos comenzaron a cruzarse, las cáscaras a acumularse y las risas ya sonaban más abiertas. Ella se inclinaba hacia Gardenia, cuchicheando algo que terminó en carcajada.

Después vinieron las vieiras, brillantes bajo la luz del comedor, con ese aroma más profundo que invita a detenerse un segundo antes de probarlas.

—Esto ya es otro nivel…
—Hazle una instantánea antes…

—¿Foto? Esto se come —respondió, aunque alguien la hizo igualmente.

El churrasco llegó poco después, todavía chisporroteando y con él el vino empezó a correr sin medida exacta. Las conversaciones se volvieron más ruidosas, más sinceras, más descuidadas.

—Este año sí que hemos aguantado…
—Sobre todo con la de la caja tres…

Las risas estallaron otra vez, más largas, más fáciles.

Fue entonces, casi sin importancia, cuando alguien mencionó el cementerio.

No lo hizo con intención de provocar, sino como quien introduce un tema cualquiera en mitad de la conversación.

—Yo ahí no entro ni de coña…

—¿Dónde? —preguntaron.

—En el cementerio ese…

Hubo un silencio breve, casi imperceptible, como una pausa que nadie decidió hacer.

—Anda ya… si eso no da miedo —dijo ella.

—Claro, claro… de día todos somos valientes.

—Y de noche también.

La frase quedó suspendida un segundo más de lo normal, pero la conversación siguió su curso. Llegaron los postres, el café empezó a ocupar el centro de la mesa y el ritmo general descendió, volviéndose más lento, más íntimo.

Fue entonces cuando regresó la broma.

—¿A que no te atreves?

Fabiola removía el café sin levantar la vista.

—¿A que no te atreves a ir al cementerio?

Las carcajadas llegaron, pero ya no tenían la misma ligereza.

—Venga ya…
—Déjala…

Se tapó la cara con la servilleta, como si quisiera esconderse en el gesto.

—Tierra, trágame…

Cuando la bajó, su expresión había cambiado ligeramente.

—¿Qué quieres de demostración? —preguntó.

—Una foto dentro.

—Iré el Día de Difuntos.

—Hoy.

El silencio fue inmediato.

—Ahora.

—Eso ya no tiene gracia… —murmuró alguien.

Pero él no apartaba la mirada y ella tampoco.

—De acuerdo —dijo al fin—. Pero si voy, tú te pasas todo el año con unas orejas de burro en el supermercado.

—De acuerdo.

La rapidez de la respuesta resultó incómoda.

Se levantó. Varias voces intentaron frenarla, pero ya no estaba escuchando. Se puso el abrigo con un gesto más lento de lo habitual, como si algo en su interior dudara sin llegar a detenerla, cogió el bolso y apartó la silla.

—No te falta algo —dijo él.

—¿El qué?

—El cementerio.

El silencio fue más profundo esta vez.

—¿Cuál?

—El de los británicos.

Ella soltó una risa breve.

—Si está aquí enfrente.

—Por eso —respondió él, inclinándose apenas—. No quiero ser cruel.

Nadie preguntó.

Y ese fue el error.

Fuera, el aire tenía una densidad extraña, como si cada respiración costara un poco más de lo normal. En Rubianes, la noche carecía del murmullo constante de la ciudad; solo quedaban las casas dispersas, un taller cercano y un silencio abierto que parecía extenderse sin límites, como si todo hubiese decidido apartarse de ese lugar concreto.

Caminó hacia el camposanto con paso firme, aunque el sonido de sus propios pasos le resultaba más presente de lo habitual.

Al detenerse frente a la verja, comprendió que no lo estaba viendo como siempre.

Aquel pequeño recinto, levantado en el siglo XIX para enterrar a marineros y comerciantes británicos lejos de su tierra, parecía más antiguo de lo que permitía el tiempo. No por los años, sino por el abandono.

La verja de hierro, ennegrecida y deformada en algunos puntos, parecía haber cedido bajo una presión constante, como si algo hubiera empujado desde dentro durante décadas. Al tocarla, el frío no era el de la noche, sino uno más profundo y persistente.

En el interior, las lápidas se inclinaban sin orden, algunas vencidas, otras hundidas en la tierra. Varias estaban partidas, abiertas por grietas irregulares y el musgo cubría nombres y fechas hasta reducirlos a fragmentos:

“Beloved…”
“Lost at sea…”
“…aged 23”

El olor a salitre y humedad lo impregnaba todo, mezclándose con una sensación difícil de explicar, como si aquel lugar no hubiese sido hecho únicamente para enterrar cuerpos, sino también para retener algo más.

Entonces vio a la mujer.

Vestida de negro.

De espaldas.

Inmóvil.

El llanto era bajo, continuo, ajeno a cualquier emoción reconocible.

Se acercó a la verja. El candado estaba cerrado.

Sacó el móvil.

—Una foto y me voy…

La pantalla iluminó la escena. Pulsó.

El sonido del obturador rompió el silencio más de lo esperado.

Bajó el teléfono.

Todo seguía igual.

La mujer, sola.

Pero al mirar la imagen, algo se quebró.

No estaba sola.

Había varias figuras entre las lápidas, quietas, mirando directamente hacia la cámara.

Alzó la vista de inmediato.

Dentro, solo estaba la mujer.

Volvió a mirar la pantalla.

Seguían ahí.

Más definidas.

Rostros pálidos, ojos oscuros, completamente fijos.

Dio un paso atrás y el crujido de la grava le devolvió una sensación de realidad que duró apenas un instante.

Al volver a mirar, no había nadie más.

Solo la mujer.

Entonces el llanto cesó.

De golpe.

La figura comenzó a girarse lentamente, con un movimiento antinatural, como si el tiempo no le afectara de la misma forma. Cuando su rostro quedó a la vista, no había rasgos reconocibles y aun así, la estaba mirando.

En ese momento, la cancela emitió un leve chasquido.

El candado estaba abierto.

La puerta se entreabrió sola.

Ella no se movió.

No podía.

Bajó el móvil, pero antes de apartar la mirada por completo vio que, en la pantalla, una de aquellas figuras ya no estaba entre las tumbas.

Se había acercado.

Demasiado.

La cabeza ligeramente ladeada, como si la observara con una atención absoluta.

No a través de la cámara.

Sino a través de ella.

Dentro del restaurante, nadie hablaba.
Alguien miró el reloj.
Otro fingió reír.

—Estará grabando un vídeo… —dijo alguien.

Nadie respondió.

El hombre que había propuesto el reto seguía sentado.
Inmóvil.
Con la mirada fija en la puerta.

—¿No vas a ir a buscarla? —preguntó una de las compañeras.

Él sonrió.

Esta vez, abiertamente.

—Ya ha entrado.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Entrado dónde?

Él ladeó la cabeza.

—Donde están los que miran.

Nadie entendió.

Pero todos sintieron lo mismo.

Un frío lento.
Persistente.

Como si algo, desde muy cerca…

Acabase de fijarse también en ellos.

Manuel Losada

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