Ya están aquí

Yo no estaba dormida.

No era una de esas noches en las que una cree haber oído algo y duda entre abrir los ojos o seguir fingiendo descanso. No. Estaba completamente despierta, con la mirada fija en la oscuridad de la habitación, contando los segundos que marcaba el reloj del pasillo, esperando… sin saber exactamente qué.

Con el tiempo comprendí que lo que me mantenía en vela no era el miedo.

Era la certeza.

La casa, de día, no tenía nada especial. Era antigua, sí, con paredes gruesas y suelos que crujían más de lo normal, pero también tenía algo acogedor, casi cálido. La luz entraba bien por las ventanas, el olor a comida se quedaba flotando en la cocina y las voces llenaban los espacios vacíos.

Pero por la noche todo cambiaba.

No sabría explicar cuándo empezaba esa transformación. No era al apagar las luces ni al cerrar las puertas. Era algo más sutil, como si la casa esperara a que todos se relajaran, a que el silencio se asentara de verdad.

Entonces ocurría.

El aire se volvía distinto.

Más pesado.

Más lento.

Como si cada respiración costara un poco más que la anterior.

Y el silencio… dejaba de ser mutismo.

No había ruidos claros, no había pasos ni golpes en un principio. Era algo más difícil de definir, una sensación constante de que el espacio no estaba vacío, de que había algo más ocupándolo, algo que no se veía pero que estaba ahí, inmóvil, atento.

Yo me acostumbré a no cerrar la puerta de mi habitación. Nunca me gustó sentirme encerrada, pero con el tiempo aquella costumbre se convirtió en una necesidad. Desde la cama podía ver el pasillo, un tramo estrecho que conducía a la escalera y al desván.

Me tranquilizaba poder vigilarlo.

O al menos, eso creía.

Recuerdo la primera noche en la que supe que algo no iba bien.

No fue por un ruido fuerte ni por una aparición clara.

Fue por una ausencia.

El reloj del pasillo dejó de oírse.

No se detuvo, o al menos nunca comprobé si lo hizo, pero el sonido desapareció de repente, como si alguien lo hubiera cubierto con la mano. Ese silencio absoluto, limpio, me hizo abrir los ojos del todo.

Entonces lo sentí.

No escuché nada.

Tampoco vi nada.

Pero supe que no estaba sola.

Es difícil explicarlo, porque no es una idea que pase por la cabeza como un pensamiento normal. No es “hay alguien”. Es algo más profundo, más físico, como un cambio en el cuerpo, como si cada célula reaccionara al mismo tiempo.

Me incorporé ligeramente en la cama, sin hacer ruido, con la respiración contenida.

El pasillo estaba oscuro, igual que siempre.

Sin embargo…

no lo estaba.

Había algo distinto en la forma en que la oscuridad se apoyaba en las paredes, en cómo se acumulaba en las esquinas. Como si no fuera solo falta de luz, sino presencia.

Esperé.

No sé cuánto tiempo.

Segundos, quizá minutos.

Hasta que lo escuché.

Un paso.

Leve.

Pero claro.

Provenía de la planta baja.

Me quedé completamente inmóvil.

El siguiente paso llegó más definido, más pesado.

Luego otro.

Subían por la escalera.

Parecían no tener prisa.

Ni duda.

Cada sonido tenía un peso imposible de confundir con los crujidos habituales de la casa. Aquello no era madera. No era el viento. Era alguien desplazándose con intención, apoyando el pie con firmeza en cada escalón.

Sentí un nudo en el estómago, una presión que me obligó a llevarme la mano al pecho para asegurarme de que mi respiración no hacía ruido.

Los pasos continuaron.

Uno tras otro.

Regulares.

Seguros.

Hasta que llegaron al final de la escalera.

Se detuvieron.

El silencio que siguió fue peor que cualquier sonido.

Porque en ese silencio había atención.

Había una pausa consciente, como si quien estaba allí se hubiera detenido a orientarse, a decidir el siguiente movimiento.

Yo no podía apartar la mirada del pasillo.

Entonces ocurrió.

Primero no fue más que una sombra.

Una variación en la oscuridad.

Pero no tardó en definirse.

Alta.

Demasiado alta.

Con una forma humana que no encajaba del todo, como si estuviera ligeramente deformada, estirada más de lo natural. No tenía rasgos, ni ojos, ni manos visibles, y aun así resultaba imposible no sentir que me estaba mirando.

Se deslizó por la pared.

No caminaba.

Ni hacía el más mínimo ruido.

Simplemente avanzaba.

Hasta detenerse frente a mi puerta.

En ese instante supe que, si hacía el más mínimo movimiento, entraría.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me quedé rígida, conteniendo la respiración, con una sensación de frío extendiéndose desde la nuca hasta la espalda.

El tiempo dejó de tener sentido.

No sé cuánto duró.

Solo sé que en algún momento… la sombra continuó.

Pasó de largo.

Entonces lo escuché.

El roce.

Lento.

Áspero.

Como una mano arrastrándose por el pasamanos de piedra mientras ascendía hacia el desván.

Ese sonido fue peor que todo lo anterior.

Porque no dejaba lugar a dudas.

Aquello era real.

Sabía exactamente dónde estaba.

Esa noche no dormí.

Ni la siguiente.

Nunca hablé de ello.

No porque no quisiera, sino porque, de algún modo, ya sabía cuál sería la respuesta.

Años más tarde, en una conversación cualquiera, todo salió a la superficie.

Comentarios sueltos.

Risas incómodas.

Historias contadas a medias.

Mis hermanos recordaban pasos.

Mis padres hablaban de presencias.

Todos lo habían sentido.

Algunos lo habían vivido.

Y nadie dijo nada.

Esa fue la parte más difícil de aceptar.

No el miedo.

Sino el silencio.

Durante mucho tiempo creí que todo había quedado atrás al abandonar aquella casa. Cambié de ciudad, de rutinas, de vida y durante un tiempo incluso conseguí convencerme de que aquello pertenecía al pasado.

Hasta que empezó de nuevo.

No con pasos.

Ni con sombras.

Sino con algo mucho más sutil.

Una sensación.

La misma.

Exactamente la misma.

Como si algo hubiera vuelto a encontrarme.

Al principio intenté ignorarlo. Con el tiempo uno aprende a convivir con lo extraño cuando no tiene otra opción, y aquella sensación —esa presión sutil en el aire, ese leve desplazamiento de la realidad— no era del todo nueva para mí. Pensé que desaparecería, que se diluiría igual que otras veces, sin dejar más rastro que un mal recuerdo.

No ocurrió así.

Los días transcurrían con una normalidad casi sospechosa, como si todo se empeñara en parecer tranquilo. Sin embargo, al caer la noche, cuando el silencio se asentaba de verdad, aquello regresaba. No lo hacía de forma constante, sino en momentos concretos, breves, lo justo para dejar una inquietud difícil de sacudir.

Entonces ocurrió lo de la chaqueta.

Había llovido durante toda la tarde. Mi padre la dejó colgada en el baño, empapada, dejando caer gotas que golpeaban el suelo con una regularidad casi hipnótica. Entré sin pensar, distraída, hasta que algo en el ambiente me obligó a detenerme.

La tela se movía.

Al principio fue un balanceo leve, apenas perceptible, como si alguien hubiera pasado rozándola. Me quedé quieta, observando, esperando que se detuviera por sí sola. Sin embargo, el movimiento fue ganando amplitud poco a poco, adquiriendo una insistencia que resultaba imposible de atribuir al azar.

Un frío seco me recorrió el estómago.

No fue miedo, al menos no al principio.

Fue otra cosa.

Una certeza que apareció sin previo aviso, completa, cerrada, sin espacio para la duda. No surgió como un pensamiento razonado, sino como algo que ya estaba ahí, esperando a ser reconocido.

Algo iba a pasar.

La chaqueta cayó al suelo con un golpe seco que resonó en las paredes del baño.

Y en ese instante lo supe.

No hubo preguntas.

Ni hubo intento de explicación.

La idea se impuso con una claridad insoportable.

Al día siguiente, mi abuela murió.

Durante unas horas traté de convencerme de que todo había sido una coincidencia. Me repetí que las cosas ocurren sin motivo, que el mundo no funciona de ese modo, que estaba uniendo hechos sin relación. Sin embargo, había algo en el fondo que no aceptaba esa versión, algo que permanecía inmóvil, observando, esperando a que lo entendiera.

A partir de entonces empecé a fijarme en detalles que antes habría pasado por alto: pequeños cambios en el ambiente, variaciones en el silencio, esa sensación tan concreta de que el espacio dejaba de estar vacío.

No tardó en repetirse.

Aquella noche no tenía nada especial, al menos en apariencia. Todo era igual que siempre y quizá por eso resultó aún más inquietante. Desde el momento en que me acosté, algo no terminaba de encajar. El aire parecía demasiado quieto, como si la casa entera contuviera la respiración.

La diferencia estaba en el pasillo.

Había una presencia.

No la veía con la claridad de la primera vez, pero su existencia resultaba innegable. Permanecía fuera de mi campo de visión, lo bastante cerca como para tensar cada músculo de mi cuerpo, lo bastante presente como para impedir cualquier intento de ignorarla.

Me quedé inmóvil.

El tiempo se alargó sin medida.

Y sin saber por qué, pensé en ella.

En la vecina.

La imagen surgió con una nitidez absurda: sentada, completamente quieta, con el camisón blanco cayendo sobre las piernas, la mirada fija en un punto que no estaba allí.

No entendí el motivo.

Hasta que llamaron a la puerta al día siguiente.

Antes incluso de que alguien hablara, ya lo sabía.

A partir de ese momento dejó de ser una sospecha.

Se convirtió en un patrón.

A veces no había nada visible, ninguna sombra ni movimiento. Bastaba con esa presión en el aire, con ese cambio casi imperceptible que alteraba el silencio. Siempre era igual. Siempre precedía a lo mismo.

Alguien iba a morir.

Nunca fallaba.

Intenté ignorarlo, del mismo modo que había hecho con lo demás. Evitar darle forma, no nombrarlo, fingir que no estaba ocurriendo. Sin embargo, el cuerpo no permite ese tipo de engaños. Cada vez que sucedía, algo dentro de mí reaccionaba antes que cualquier pensamiento.

Lo sabía.

Con el tiempo comprendí que aquello era peor que cualquier aparición.

Las sombras podían desaparecer.

Los sonidos podían cesar.

Pero esa certeza…

no se iba nunca.

Manuel Losada

Sigue leyendo

👉Sigue ahí

Más relatos recomendados:

Samaín

San Amaro no está en el mapa