
La tarde caía sobre el pueblo cuando Lara Buig decidió dar un paseo por el bosque con su perro.
Era un lugar que conocían bien, pero aquella tarde el ambiente parecía distinto: el viento movía las ramas con un susurro grave y los pájaros, normalmente ruidosos, guardaban un silencio inquietante.
Max, siempre juguetón, caminaba con las orejas erguidas y la nariz alerta, olfateando cada sombra.
De pronto, se detuvo en seco.
Gruñó bajo, como si advirtiera algo que ella no podía ver.
—¿Qué pasa, campeón? —susurró ella, intentando sonar tranquila.
El perro se tensó y tiró de la correa hacia un sendero poco transitado. Ella dudó, pero la mirada fija de su compañero la convenció de seguirlo.
El sendero se internaba en una zona oscura, donde los árboles parecían cerrarse sobre ellos.
Allí, entre las raíces húmedas, encontraron algo extraño.
Una caja de madera semienterrada.
Tenía el cierre oxidado y la tapa estaba cubierta de marcas, como símbolos grabados con torpeza.
Max ladró, insistente, y arañó la tierra alrededor.
Con manos temblorosas, Lara abrió la caja.
Dentro había un cuaderno viejo, con las páginas amarillentas y manchadas.
En la primera, escrito con tinta desvaída, había una advertencia:
“No sigas el mismo camino que yo. Algo en este bosque no deja salir a quienes lo buscan.”
En ese instante, Max volvió a gruñir.
Lara levantó la vista.
Entre los árboles, apenas distinguible en la penumbra, había una figura inmóvil que los observaba.
El viento se detuvo.
El bosque parecía contener la respiración.
Max tiró con fuerza de la correa, intentando arrastrarla lejos, pero la figura dio un paso hacia ellos, lento y seguro.
Y Lara entendió que aquel mensaje en el cuaderno no era una advertencia antigua…
Sino para ella.
Retrocedió un paso, apretando el cuaderno contra el pecho.
La figura, cubierta por una capa oscura que parecía fundirse con la sombra, avanzó otro paso más.
No hacía ruido.
Ni el crujido de una rama bajo sus pies.
Max ladraba sin cesar, su cuerpo erizado, dispuesto a protegerla.
De pronto, la figura alzó un brazo y señaló directamente hacia ellos.
El cuaderno en sus manos comenzó a temblar, como si algo invisible lo agitara.
Una página se dobló sola, mostrando un dibujo extraño.
Un círculo con símbolos alrededor, idénticos a los grabados en la tapa de la caja.
Lara comprendió de golpe que la caja no había sido abandonada…
Había sido colocada allí como un sello.
Al abrirla, había liberado algo que no debía despertar.
La figura se detuvo a pocos metros.
No tenía rostro visible.
Solo una oscuridad espesa bajo la capucha.
Y, sin embargo, Lara sintió una presión en su mente, como si intentara hablarle sin palabras.
Max, con un movimiento feroz, se lanzó hacia adelante y mordió el aire frente a la figura.
En ese instante, el círculo del dibujo brilló con una luz rojiza.
El suelo tembló.
Y Lara, sin pensar, lanzó el cuaderno dentro de la caja y cerró la tapa de golpe.
Un chillido agudo retumbó en el bosque, como si viniera de todas partes a la vez.
La figura se deshizo en la penumbra, arrastrada hacia el compartimento, antes de desvanecerse del todo.
El silencio volvió.
Profundo.
Insoportable.
Solo el jadeo de su fiel compañero llenaba el aire.
Lara enterró la caja de nuevo con las manos, apresurada, hasta que quedó cubierta de tierra y hojas.
No dijo una palabra.
Y Max tampoco se apartó de su lado.
Cuando regresaron al pueblo, la brisa volvió a sonar entre los árboles.
Todo parecía normal otra vez.
Pero aquella noche, en su habitación, Lara despertó sobresaltada.
El cuaderno, empapado de tierra, yacía sobre su mesa de noche, abierto en una página en blanco.
Y lentamente, comenzaron a aparecer palabras escritas por sí solas:
“Gracias por liberarme. Algún día volveremos a vernos.”
Manuel Losada
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