La sombra que llega tarde

En las tabernas del puerto de Rianxo, entre vasos de albariño y olor a percebe, se cuenta una historia que los más viejos juran haber visto con sus propios ojos.

Cuando la luna se tiñe de un amarillo enfermizo, como una fruta podrida, aparece un hombre caminando solo por el muelle viejo.

No es marinero ni turista.

Nadie sabe de dónde viene ni a dónde va, pero todos coinciden en tres cosas:

Viste un abrigo largo, empapado.
No deja huellas en la madera mojada.
Y su sombra… siempre se mueve un segundo después que él.

Decían que era el último superviviente del naufragio del Santa Marta, un barco pesquero que desapareció en una tormenta hace más de setenta años.

Cuando lo encontraron, flotando cerca de la ensenada, no respiraba…

Y, sin embargo, abrió los ojos.

Lo enterraron igual, por miedo.

Desde entonces, su espíritu vuelve cada vez que la marea y la luna coinciden como aquella noche.

Arantxa Muñiz conocía la historia de memoria, pero nunca había visto nada.

Esa noche de invierno, la niebla había cubierto el pueblo como un sudario y la luna amarilla colgaba sobre el puerto, deformada por el halo húmedo.

Venía de casa de una amiga y decidió acortar camino por el muelle viejo, aunque el aire allí siempre olía más fuerte a sal y madera podrida.

A medio camino lo vio.

Un hombre alto, de espaldas, inmóvil frente al mar.

El abrigo le colgaba como un trapo empapado, goteando un agua tan oscura que parecía tinta.

Y aquella tinta corría hacia atrás, alejándose de él.

Arantxa se acercó despacio, pensando que podría necesitar ayuda.

Pero cada paso suyo resonaba demasiado fuerte, como si el muelle estuviera hueco.

El hombre giró la cabeza.

Lo que vio le heló la sangre.

La piel parecía haber estado demasiado tiempo bajo el agua, hinchada y gris.

De un lado le faltaba un ojo.

El otro era tan pálido que parecía una canica.

La boca estaba cosida con hilo de red.

Pero aun así habló.

—Perdínme… —la voz sonaba hueca, amortiguada, como si viniera desde el fondo de una botella—. Axúdame a volver.

Las tablas bajo sus pies comenzaron a crujir.

Se abrieron en grietas oscuras.

A través de ellas no había solo agua.

Había manos pálidas, con uñas negras, moviéndose lentamente, como si esperaran el momento justo para aferrarse.

El aire olía a algas podridas y hierro.

Arantxa sintió que algo la tiraba hacia abajo, como si el muelle entero quisiera tragársela.

Su instinto la hizo retroceder.

Pero fue entonces cuando lo notó.

La sombra del hombre ya no lo seguía.

Estaba junto a ella.

Se alargaba como un charco.

Y en un segundo le rodeó el tobillo con una fuerza gélida que le cortó el aliento.

Arantxa tiró con todas sus fuerzas y logró soltarse.

Corrió sin mirar atrás hasta llegar a la plaza.

El corazón le golpeaba tan fuerte que apenas escuchó las campanas de la iglesia dar la medianoche.

Desde esa noche, nunca más volvió al muelle viejo.

Pero a veces, cuando la luna se pone amarilla sobre Rianxo y el mar está en calma, escucha tres golpes secos en la puerta de su casa.

Nunca abre.

Pero oye un susurro al otro lado, cada vez más nítido:

—Ti aínda tes que traerme de volta.

Manuel Losada